Viendo Demóstenes que los peloponesios se disponían a atacar la plaza por mar y tierra con la infantería, se puso en defensa, y primeramente hizo retirar a tierra las naves que quedaron a sus órdenes, las cercó con empalizada y armó los marineros con escudos harto ruines hechos de prisa, la mayor parte de sauce, porque en un lugar desierto como aquel no se podían hallar armas, y las que tenían a la sazón las había ganado en una nave de corsarios y en otra de los mesenios, que cogieron por acaso con cuarenta hombres de Mesena. Puesta una parte de su gente, armados y desarmados, en guarda de los lugares que le parecían más seguros, por ser naturalmente inexpugnables, y la otra, que era la mayor, para defensa de la plaza que había fortificado hacia tierra, les mandó que si la infantería de los contrarios les acometiese se defendieran y los rechazasen, y él, con sesenta soldados de los mejores y mejor armados, y algún número de ballesteros, salió fuera de la plaza y se fue por la parte de mar, por donde presumía que los enemigos intentarían desembarcar y pasar por las rocas, peñas y lugares difíciles para batir el muro por donde era más débil, pues no había procurado hacerlo muy fuerte por aquel lado, pensando que nunca los enemigos serían más poderosos que él por mar, y sabiendo también que si tenían ventaja para desembarcar por aquel lado, tomarían la plaza. Salió, pues, con los hombres que arriba dijimos, y poniéndolos en orden de batalla lo mejor que pudo, les arengó de este modo:

«Varones atenienses, y vosotros mis compañeros, en esta afrenta ninguno se atreva por mostrarse sabio y prudente a considerar todas las dificultades y peligros en que al presente estamos. Conviene acometer a nuestros enemigos con gran ánimo y osadía para poderlos lanzar y escapar de sus manos, porque en los hechos de necesidad como este en que nos vemos, no se busca la razón por que se hace la cosa, sino que conviene aventurarse de pronto y arriesgar las personas. Aunque, a la verdad, yo veo en este caso muchas cosas favorables a nosotros si queremos estar firmes y no dejar el provecho que tenemos entre las manos por temor a la multitud de enemigos, porque pienso que una parte de esta plaza es inaccesible si la queremos defender; pero si la desamparamos, por difícil que sea de ganar, la tomarán.

»Los enemigos serán más duros de combatir si les acometemos cuando estén fuera de sus naves, porque viendo que ya no pueden volver atrás sin gran peligro, pelearán mejor. Mientras estuvieren en sus barcos será más fácil resistirles, y si saltan en tierra, aunque sean muchos, tampoco son de temer, pues la plaza es muy difícil de tomar, y el lugar donde les será forzoso pelear muy estrecho y pequeño, por donde, si bajan a tierra, el gran número de gente que traen no les servirá de nada a causa de la estrechura del sitio, y si se quedan en sus naves tendrán que pelear en mar, donde hay muchas dificultades para ellos y podemos contrapesar nuestra falta de gente con estos inconvenientes que ellos tienen.

»Os ruego, pues, que traigáis a vuestra memoria que sois atenienses de nación, y por eso muy ejercitados en las cosas de mar y en desembarcos, y que el que no cede al temor de la mar ni de otro navío que se le acerca, tampoco le moverá de su estancia la fuerza de sus enemigos ni se apartará de la ordenanza. Estad firmes y quedos en estas rocas y peñas que tenéis por parapetos, y defendeos valerosamente de vuestros enemigos para guardar la plaza y con ella vuestras personas.»

Animados los atenienses con estas breves razones de Demóstenes, se apercibieron para pelear cada cual por su persona. De la otra parte los lacedemonios que estaban en tierra, empezaron a combatir los muros, y los que venían en las naves, que eran cuarenta y tres, al mando de Trasimélidas, hijo del espartano Cratesicles, acudieron a combatir la estancia donde estaba Demóstenes con sus gentes. Los atenienses se defendieron valerosamente en ambas partes. Por la de mar, los peloponesios venían con pocas naves unas tras otras, porque no podían entrar muchas a la vez, y llegaron al sitio donde estaba Demóstenes con su gente para lanzarlos de allí si podían. Brásidas, que era capitán de una de las naves, viendo la dificultad de llegar para abordar, y que por ello los patrones de los barcos no osarían acercarse a tierra, temiendo que se rompiesen los cascos, gritó diciendo: «Gran vergüenza es para vosotros querer salvar los barcos viendo delante a los enemigos cercando y fortaleciendo la tierra con muros», y les mandó que remasen hacia tierra y saliesen de sus navíos a dar sobre los enemigos, y que no les pesase a los confederados aventurarse a perder sus naves por prestar servicio a los lacedemonios que tanto bien les habían hecho, sino que antes abordasen con ellas por cualquier parte que pudiesen, saltaran en tierra y ganasen la plaza. Diciendo estas palabras Brásidas obligó al patrón de su galera a que remase hacia tierra; mas peleando desde el puente de un navío, fue herido por los atenienses en muchas partes de su cuerpo y cayó muerto en la mar; después las ondas le llevaron a tierra, cogiendo el cadáver los atenienses y colgándole en el trofeo que levantaron por esta victoria.

Los otros lacedemonios hubieran querido saltar en tierra, mas temían el peligro, así por la dificultad del lugar como por la gran defensa que hacían los atenienses, que peleaban sin temor de mal ni daño alguno, y fue tal la fortuna de ambas partes, que los atenienses impedían a los lacedemonios entrar en su tierra, a saber: en la misma de Laconia, y los lacedemonios se esforzaban por descender en su propia tierra, entonces en poder de sus enemigos, aunque en aquella sazón los lacedemonios tenían fama de ser los más poderosos y ejercitados en combatir por tierra, y los atenienses en pelear por mar.

Duró este combate todo aquel día, y una parte del día siguiente, aunque no fue continuado sino en diversas veces. El tercer día los peloponesios enviaron parte de su armada a Asina para traer leña y materiales, y hacer un bastión frente al muro que habían hecho los atenienses junto al puerto para batirle con aparatos, aunque estaba muy alto, porque se podía combatir por todas partes. Llegó entretanto la armada de los atenienses en número de setenta naves, con las que fueron de Naupacto en ayuda, y cuatro de Quíos, y viendo la isla y la tierra cercada por la infantería de los enemigos, y que sus navíos estaban en el puerto sin hacer señal de salir, dudaron de lo que harían. Al fin determinaron echar áncoras cerca de la desierta isla inmediata, y allí estuvieron aquel día. Al siguiente salieron a alta mar con todas sus naves, puestas en orden de batalla, para combatir con los enemigos si quisiesen salir del puerto, o acometerles dentro del puerto si no salían; pero ni salieron, ni les cerraron la entrada del puerto, como determinaron al principio, sino que, permaneciendo en tierra, armaron de gente sus navíos, que estaban a orillas del mar, y se apercibieron para combatir con los que entrasen en el puerto, el cual era harto grande. Viendo esto los atenienses fueron derechamente contra ellos por las dos entradas del puerto, y embistieron a las naves que estaban más adelante en la mar, desbaratándolas y poniéndolas en huida, y porque el lugar era estrecho, destrozaron muchas, y tomaron cinco, una con toda la gente que había dentro. Luego dieron tras las otras que se habían retirado hacia tierra, de las cuales destrozaron algunas que estaban desarmadas, y las ataron a las suyas, a la vista de los peloponesios, a quienes pesó en gran manera; y temiendo que los que estaban en la isla fuesen presos, acudieron a socorrerlos, metiéndose a pie, armados como estaban, en la mar, y agarrándose a los navíos contrarios con tan gran corazón, que le parecía a cada cual que todo se perdiese por falta de él, si no iba. Había gran tumulto y alboroto de ambas partes, mudada la forma de pelear contra toda manera acostumbrada en el mar, porque los lacedemonios, por el temor de perder su gente, combatían en torno de las naves como en tierra, y los atenienses, por el deseo de llevar hasta el fin la victoria, peleaban también desde sus navíos del mismo modo. Después de largo combate, con muertos y heridos de ambas partes, se retiraron unos y otros, y los lacedemonios salvaron todas sus naves vacías, excepto las cinco que fueron tomadas al principio. Ya en su campo respectivo, los atenienses otorgaron a los contrarios sus muertos para sepultarlos, y después levantaron trofeo en señal de victoria. Esto hecho, cercaron con su armada toda la isla donde estaban los cuatrocientos veinte lacedemonios que suponían ya vencidos y cautivos. Por su parte los peloponesios, que de todos lados habían acudido al socorro de Pilos, tenían la villa cercada por tierra.

Cuando las nuevas de esta batalla y pérdida llegaron a Esparta, acordó el Consejo que los gobernadores y oficiales de justicia de la ciudad fuesen al real para ver por sus propios ojos lo ocurrido, y proveer lo que se debía hacer en adelante, según tienen por costumbre hacer cuando les sucede alguna gran pérdida. Visto todo, y considerando que no había medio de socorrer a los que estaban en la isla, y que corrían peligro de ser presos o muertos de hambre o por fuerza de armas, opinaron pedir una tregua a los caudillos de los atenienses, durante la cual pudiesen enviar a Atenas a tratar de paz y concordia, y esperando por este medio cobrar los suyos. La tregua fue acordada por los atenienses con estas condiciones: que los lacedemonios les diesen todas las naves con que habían venido a combatir a Pilos, y las que allí se habían juntado de toda la tierra de Lacedemonia, que no hiciesen daño alguno en los muros y reparos que habían hecho en Pilos; que a los lacedemonios se les permitiera llevar por mar todos los días a los que estaban en la isla cercada cierta cantidad de pan y vino y carne, tanto por cada hombre libre, y la mitad para los esclavos, a vista de los atenienses, sin que les fuese lícito pasar ningún navío a escondidas; que los atenienses tuviesen sus guardas en torno de la isla, para que ninguno pudiese salir, con tal de no intentar, ni innovar cosa alguna contra el campo de los peloponesios por mar ni por tierra, y en caso que de una parte u otra hubiese alguna contravención, por grande o pequeña que fuese, las treguas se entendiesen rotas, debiendo durar lo más hasta que los embajadores lacedemonios volvieran de Atenas, a los cuales los atenienses habían de llevar y traer en uno de sus barcos. Acabada la tregua, los atenienses deberían restituir a los lacedemonios las naves que les habían dado, en la misma forma y manera que las recibiesen. Así se convino la tregua, y para su ejecución, los lacedemonios entregaron a los atenienses cerca de sesenta naves, siendo después enviados los embajadores a Atenas, que hablaron en el Senado de la manera siguiente:

II.

Discurso de los lacedemonios a los atenienses pidiendo la paz y respuesta de estos. Terminada la tregua comienza de nuevo la guerra.