A Pérdicas no le pareció bien, diciendo que no había llamado a Brásidas para que fuese juez de sus causas y diferencias, sino para que le ayudase a destruir a sus enemigos, los que él le señalase, y que Brásidas le hacía gran perjuicio queriendo favorecer a Arrabeo contra él, pues él pagaba la mitad de los gastos de aquella guerra. No obstante, Brásidas, contra la voluntad de Pérdicas, habló con Arrabeo, y le persuadió con buenas razones a que se retirara con su ejército, por lo cual Pérdicas en adelante, en lugar de pagar la mitad de los gastos del ejército, pagó solo la tercera parte, teniendo por cierto que Brásidas le había ofendido en lo de Arrabeo.

XI.

Los acantios, persuadidos por Brásidas, dejan el partido de los atenienses y toman el de los peloponesios.

Después de esto, en el mismo verano[96], antes de las vendimias, Brásidas, con los calcídeos que tenía consigo, fue a hacer guerra contra los de la ciudad de Acanto, colonia y pueblo de Andros, cuyos ciudadanos tenían grandes bandos y estaban en gran porfía de si le recibirían o no en la ciudad, los del partido de los calcídeos de una parte, y los del pueblo de otra. Mas por estar los frutos aún por coger en los campos y por temor de que fuesen destruidos, los del pueblo, a persuasión de Brásidas, consintieron que entrase en la ciudad solo y hablase lo que quisiese, y que después de oído determinarían lo que bien les pareciese. Entró, fue al Senado, donde los del pueblo estaban en asamblea y pronunció delante de todos un discurso muy bueno, como él sabía hacerlo, por ser lacedemonio sabio y prudente, hablando de esta manera:

«Varones acantios, la causa de que yo con este ejército que veis hayamos sido aquí enviados por los lacedemonios es la misma que desde el principio dijimos cuando declaramos la guerra a los atenienses, a saber, librar Grecia de la servidumbre a estos. Si venimos engañados con la esperanza de poderlos vencer más pronto sin que vosotros os expongáis a peligro, no se nos debe culpar, pues hasta ahora no habéis recibido daño alguno por nuestra tardanza, y venimos ahora cuando podemos para, juntamente con vosotros, destruir a los atenienses con todas nuestras fuerzas y poder. Pero me asusta ver que me cerréis las puertas, donde yo, por el contrario, pensaba ser recibido con alegría, y que en gran manera desearíais mi venida, pues nosotros los lacedemonios, pensando, por las cosas pasadas que hemos hecho por vosotros, venir aquí como amigos verdaderos, y que deseaban nuestra venida, tomamos esta jornada sin temor a los trabajos y peligros que arrostrábamos pasando por tan largos caminos y tierras extrañas, solamente por mostraros la buena voluntad que os tenemos.

»Si tenéis otro pensamiento contra nosotros, y queréis resistir a los que procuran vuestra libertad y la de toda Grecia, haréislo malamente, así porque impediréis vuestra propia libertad como porque daréis mal ejemplo a los otros para que no nos quieran acoger en sus tierras, y sería poco honroso a los de esta ciudad, tenidos por hombres sabios y prudentes, que viniendo yo a ellos primero que a otros, no quieran recibirme. No puedo imaginar que tengáis motivo o razón para hacerlo si no es por sospechas de que la libertad que yo os procuro es fingida y falsa, o que nosotros los lacedemonios no somos bastante poderosos para defenderos contra los atenienses si os atacan. De esto a mi ver no debéis tener ningún temor, pues cuando yo vine en socorro de Nisea con este ejército, no osaron pelear contra mí, ni es verosímil que puedan enviar ahora aquí tan gran ejército por tierra como entonces enviaron allí por mar. En cuanto al otro punto, yo os aseguro que no fui aquí enviado de parte de los lacedemonios para hacer daño a Grecia sino para darle libertad, habiendo primeramente hecho juramento solemne en manos de los cónsules y gobernadores de los lacedemonios de dejar vivir en libertad y seguir sus leyes a todos aquellos que pudiese atraer a nuestra amistad y alianza. Por tanto, debéis saber que no vine aquí para atraeros por fuerza o engaño a nuestra parte y devoción, sino antes por el contrario, para sacaros de la servidumbre de los atenienses y ser nuestros compañeros en esta guerra contra ellos. Debéis tener, por tanto, confianza en mí, y fiar en lo que digo, de que solo para defenderos vine con todo el poder que veis.

»Si alguien pone dificultad en esto, temiendo que quiera dar el gobierno de la villa a alguno de vosotros, quiero que tenga más confianza y seguridad que los demás, porque os certifico que no he venido a provocar sedición o discordia, y me parecería no poneros en verdadera libertad, si trocando vuestra antigua forma y costumbre de vivir quisiese sujetar el pueblo a la dominación de algunos particulares, o estos a la sujeción del pueblo, pues sé muy bien que tal mando os sería más odioso que el de los extraños. Ni a nosotros los lacedemonios se debería agradecer el trabajo que tomáramos por vosotros, antes en lugar de la honra y gloria que esperábamos, seríamos acreedores de vituperio, y nos podrían culpar del mismo vicio de tiranía que imputamos a los atenienses, siendo más digno de reprensión en nosotros que en ellos, por lo que nos preciamos de la virtud de no emplear fraude ni engaño como ellos usan. Porque si el vicio del engaño es cosa fea y torpe en todos los hombres, mucho más lo es en los que tienen mayor dignidad y mucho más reprensible que la violencia, pues esta se hace por virtud del poder que la fortuna da a unos sobre otros, y el engaño procede de pura malicia y sinrazón, debiendo evitarlo los que tratamos grandes negocios.

»Tampoco quiero que fiéis tanto en mis juramentos como en lo que está a vuestra vista, y que las obras correspondan a las palabras según pide la razón, y os dije al principio. Mas si, habiendo oído este discurso mío, os excusáis diciendo que no podéis hacer lo que pedimos y que nos pedís como amigos que partamos de vuestra tierra sin haceros daño, pretendiendo que no gozaréis sin perjuicio esta libertad que se debe ofrecer a los que la puedan ejercitar sin riesgo, y que ninguno ha de ser obligado a tomarla por fuerza y contra su voluntad, yo declaro delante de los dioses patrones de esta ciudad que, habiendo venido por vuestro bien, no he podido aprovechar nada con vosotros por buenas razones; que procuraré, destruyendo vuestras tierras, obligaros a ello por fuerza, teniendo por cierto que lo hago con buena y justa causa, por dos razones: la primera por el bien de los lacedemonios, para que no reciban, por amor a vosotros, si os dejan en el estado presente, el perjuicio del dinero que dais a los atenienses sus contrarios, y la segunda por el bien universal de todos los griegos, a fin de que, por vosotros solos, no sean impedidos de recobrar su libertad, que si no fuese por esto, bien sabemos que no deberíamos obligar a nadie a gozar de libertad. No pretendemos dominio sobre vosotros sino solamente libraros del yugo de los atenienses. Os ofenderíamos si restituyendo a los otros en su derecho y libertad, os dejásemos solos obstinados en el mal. Por tanto, varones acantios, tomad buen consejo en vuestros negocios y mostrad a los otros griegos el camino de recobrar su libertad ganando la gloria y honra perpetua de haber sido los primeros y principales para ello como para evitar el daño que sufrirán vuestras haciendas, y también para dar a esa vuestra ciudad renombre glorioso como es el de independiente y libre.»

Después que Brásidas pronunció este discurso al pueblo, todos los acantios discutieron largamente sobre la materia, y al fin dieron sus votos secretos, siendo la mayor parte de opinión que se debían apartar de la alianza con los atenienses, así por las razones y persuasiones de Brásidas, como por temor de perder los bienes y haciendas que tenían en los campos. Habiendo recibido primeramente juramento a Brásidas de que tenía comisión de los lacedemonios de poner en libertad a todos los que se le rindiesen, y dejarles vivir conforme a sus leyes y costumbres, admitieron a él y a su ejército dentro de la ciudad, y lo mismo hicieron pocos días después los de Estagira, que es otra colonia de Andros.

Estas cosas fueron hechas en aquel verano.