«Artículos, conciertos y tratados de amistad entre los lacedemonios y sus confederados y amigos de una parte, y el rey Darío y sus hijos, y Tisafernes, de la otra.
»Primeramente todas las ciudades, provincias, tierras y señoríos que al presente pertenecen al rey Darío, y que fueron de su padre y de sus predecesores, le quedan libres, de suerte que los lacedemonios ni sus amigos confederados puedan ir a ellas para hacer guerra ni daño alguno, ni tampoco puedan imponer tributo de ninguna clase.
»Ni el rey Darío ni ninguno de todos sus súbditos podrán igualmente hacer daño, ni pedir ni cobrar tributo en las tierras de los lacedemonios y sus confederados.
»En lo demás, si algunas de las partes pretende algo de la otra, deberá serle otorgado; de igual modo, la que hubiere recibido algún beneficio, estará obligada a gratificar a la otra, cuando para tal cosa sea requerida.
»Ítem, que la guerra que han comenzado contra los atenienses se acabe comúnmente por las dichas partes; y que sin voluntad de la una, no la pueda dejar la otra.
»Ítem, que toda la gente de guerra que se reclute en la tierra del rey por su orden, sea pagada de su dinero. Y que si algunas ciudades confederadas invadieran algunas de las provincias del rey, las otras se lo prohibirán e impedirán con todo su poder. Por el contrario, si alguno de los vasallos del rey, o alguno de sus súbditos, fuera a tomar y ocupar alguna de las ciudades confederadas o su tierra, el rey los estorbará y prohibirá con todo su poder.»
Después de haber tratado todo esto Terímenes, entregó sus barcos a Astíoco, se fue y nunca más le vieron.
Encontrándose las cosas en este estado, los atenienses que habían ido de Lesbos contra Quíos, teniéndola sitiada por mar y por tierra, determinaron cercar de muro muy grueso el puerto de Delfinio, que era un lugar muy fuerte por tierra, y tenía un puerto asaz seguro, no estando muy lejos de Quíos. Esto aumentó el temor de los de Quíos, muy asustados ya por las grandes pérdidas y daños que habían sufrido a causa de la guerra y también porque entre ellos reinaba alguna discordia, y se hallaban muy fatigados y trabajados por otros casos fortuitos que les habían ocurrido, como el de que Pedárito hubiera muerto al jonio Tideo con toda su gente por sospechar que tenía inteligencias con los atenienses; por razón de lo cual, los ciudadanos que quedaban reducidos a muy pequeño número, no se fiaban unos de otros, y les parecía que ni ellos ni los soldados extranjeros que había traído Pedárito, eran bastantes para acometer a sus enemigos. Determinaron, pues, enviar mensajeros a Astíoco, que estaba en Mileto, suplicándole les socorriese; y porque no lo quiso hacer, Pedárito escribió a los lacedemonios cartas contra él, diciendo que obraba en daño de la república.
De esta suerte tenían los atenienses cercada la ciudad de Quíos, y sus buques, guarecidos en Samos, iban diariamente a acometer a los de sus enemigos en Mileto. Pero viendo que no querían salir del puerto, se volvían.