Además esperaban a Estrombíquides, que estaba en el Helesponto, y había de ir allí con las naves que había traído de Quíos a Abido; cosa que mandaron hacer desde que se retiraron a Samos, y los peloponesios vinieron a Mícale.
En este punto establecieron aquel día su campo, así con las gentes que habían sacado de los barcos, como con los procedentes de Mileto, y también con gentes de la tierra.
Al día siguiente, de mañana, habían determinado ir en busca de sus enemigos a Samos, pero avisados de la llegada de Estrombíquides se volvieron a Mileto.
Los atenienses deliberaron sobre ir a presentarles la batalla en dicho punto, después de reforzados con los buques que llevaba Estrombíquides, porque se reunieron entre todos ciento ocho, y así lo acordaron.
Después de su partida, los peloponesios, aun con tan hermosa y fuerte armada, no se tenían por bastantes para combatir con los enemigos; y no sabían, por lo demás, cómo podrían sustentar las tripulaciones, viendo que Tisafernes no pagaba bien; por lo cual enviaron a Clearco, hijo de Ranfias, capitán de cuarenta naves, para que lo notificara a Farnabazo, atendiéndose a lo que les había sido mandado en el Peloponeso, y porque Farnabazo les prometió pagar la armada.
Por otra parte, entendían que si iban a Bizancio, la ciudad se rebelaría en su favor, por lo cual se puso Clearco a la vela con sus cuarenta buques, saliendo a alta mar para no ser descubierto de sus enemigos, pero le sorprendió una gran tormenta, de tal manera, que sus buques fueron dispersados; parte de ellos, que seguían a Clearco, llegaron a Delos, y los otros se volvieron a Mileto y después se reunieron con Clearco, que fue por tierra al Helesponto.
Pero diez naves que habían llegado antes al Helesponto, hicieron sublevar la ciudad a su voluntad.
Siendo después avisados los atenienses que estaban en Samos, enviaron un número de buques para guardar el Helesponto, los cuales libraron una pequeña batalla delante de Bizancio, a saber: ocho naves de ellos contra otras tantas de los peloponesios.
Entretanto, los que eran caudillos de la armada de los atenienses, principalmente Trasíbulo, el cual había siempre sido de parecer que debían llamar a Alcibíades, aun después que el régimen de Atenas fue mudado, en parte por intrigas de este, continuaba más firme en dicho propósito y lo mostró por tal manera y persuadió de tal suerte a los soldados que allí estaban, para que acordasen todos la vuelta de Alcibíades, que fue el decreto concluido y escrito, perdonando a Alcibíades, y llamándole a la ciudad.
Publicado este decreto, Trasíbulo fue a donde estaba Tisafernes, y llevó a Alcibíades, que se encontraba con este, a Samos, esperando por su medio atraer a Tisafernes a la amistad de los atenienses.