Admitidos los capitanes atenienses en la ciudad, ante el pueblo de Argos y de los aliados que allí estaban, Alcibíades, que era caudillo de los atenienses, expuso sus razones, diciendo que ellos no habían podido hacer treguas ni otros tratados de paz con los enemigos sin su consentimiento, y pues había llegado allí con su ejército dentro del término prometido, debían empezar nuevamente la guerra; y de tal manera les persuadió con sus razones, que todos, de común acuerdo y propósito, partieron para ir contra la ciudad de Orcómeno que está en tierra de Arcadia, excepto los argivos, los cuales, aunque fueron de esta opinión, se quedaron por entonces, y a los pocos días siguieron a los otros, poniendo todos juntos cerco a Orcómeno y haciendo todo lo posible para tomarla, así con máquinas y otros ingenios de guerra como de otra manera, pues tenían gran deseo de tomar aquella ciudad por muchas causas que a ello les movieron, y la principal era porque los lacedemonios habían metido dentro de ella todos los rehenes tomados a los arcadios.
Los orcomenios, temiendo ser tomados y saqueados antes que les pudiese llegar el socorro, porque sus muros no eran fuertes y los enemigos muchos, hicieron tratos con ellos, convirtiéndose en aliados suyos, dándoles los rehenes que los lacedemonios habían dejado dentro de la ciudad, y en cambio de ellos dieron otros a los mantineos.
Después que los atenienses y sus aliados hubieron ganado a Orcómeno celebraron consejo sobre su partida y a dónde deberían ir, porque los eleos querían que fuesen a Lépreo y los mantineos a Tegea, de cuya opinión fueron los atenienses y los argivos, por lo cual los eleos se despidieron de ellos y volvieron a su tierra. Todos los otros quedaron en Mantinea y se disponían para ir a conquistar a Tegea, donde tenían inteligencias con algunos de la ciudad que les habían prometido darles entrada.
Cuando los lacedemonios volvieron de Argos a causa de las treguas hechas por cuatro meses, blasfemaban por ella contra Agis por no haber tomado la ciudad de Argos, habiendo tenido la mejor ocasión y medio para ello que jamás lograron ni podrían tener en adelante, porque les parecía que sería muy difícil poder reunir otra vez tan grande ejército de aliados y confederados como entonces tuvieron allí. Mas cuando llegó la nueva de la tomada de Orcómeno, fueron mucho más airados contra Agis, hasta el punto que determinaron derribarle la casa, lo que antes nunca se había hecho en la ciudad, y le condenaron a cien mil dracmas; tan grande era la ira y saña que tenían contra él, aunque Agis se excusaba y les hizo muchas ofertas, prometiéndoles recompensar aquella falta con algún otro señalado servicio si le querían dejar el cargo de capitán sin poner en ejecución lo que habían determinado contra él. Con esto se contentaron los lacedemonios por entonces, dejándole el cargo y no haciéndole mal ninguno, aunque desde aquel suceso hicieron una ley nueva, por la cual crearon diez consejeros naturales de Esparta que le asistiesen, sin los cuales no le era lícito sacar ejército fuera de la ciudad, ni menos hacer paz ni tregua ni otros conciertos con los enemigos.
IX.
Los lacedemonios y sus aliados libran una batalla en Mantinea contra los atenienses y argivos y sus aliados, alcanzando la victoria.
Durante este tiempo llegó a Lacedemonia un mensajero de Tegea con nuevas de parte de los de la ciudad, que si no les socorrían pronto, les sería forzoso entregarse a los argivos y a sus aliados. Esta noticia alarmó mucho a los lacedemonios y se pusieron en armas, así los libres como los esclavos, con la mayor diligencia que pudieron, partiendo para la villa de Oresteo. Además enviaron orden a los de Menalia y a los otros arcadios de su partido, que por el más corto camino que hallasen vinieran derechamente hacia Tegea.
Al llegar a Oresteo, y antes de salir de allí, enviaron la quinta parte de su ejército a su tierra para guarda de la ciudad, en los cuales entraban los viejos y niños, y todos los otros caminaron derechamente a Tegea. Llegaron allí, y tras ellos los arcadios, ordenando a los corintios, los beocios, los focenses y a los locros que fueran a juntarse con ellos a Mantinea lo más pronto que pudiesen. Algunos de estos aliados estaban bastante cerca para poder llegar en seguida; pero teniendo forzosamente que pasar por tierra de enemigos, les fue necesario esperar a los otros, aunque hacían todo lo posible para atravesar.
Los lacedemonios, con los arcadios que tenían consigo, entraron en tierra de Mantinea, donde hicieron todo el mal que pudieron, y asentaron su campo delante del templo de Hércules. Los argivos y sus aliados, advertidos de esto, situaron su campo en un lugar alto, muy fuerte y muy difícil de entrar, y allí se prepararon para la batalla contra los lacedemonios, los cuales también se ponían en orden para pelear.
Cuando los lacedemonios llegaron a tiro de dardo de los enemigos, uno de los más ancianos del ejército, viendo que ya iban resueltos a acometer a los enemigos en su fuerte posición, dio voces diciendo: «Agis, quieres remediar un mal con otro mayor», dando a entender por estas palabras que Agis pensando enmendar el yerro que había hecho delante de Argos, quería aventurar aquella batalla en malas condiciones. Entonces Agis oyendo esto, vaciló, o por el temor que tuvo de ser cogido en medio si acometía a los enemigos en sus parapetos, o por parecerle otra cosa más a propósito, y mandó retirar su gente de pronto sin que pelease. Cuando volvió a tierra de Tegea, procuró quitarles el agua del río que pasaba por allí en tierra de Mantinea, por razón del cual río los tegeatas y los mantineos tenían cuestiones y diferencias a menudo, porque destruía las tierras por donde pasaba. Hizo esto Agis, para obligar a los argivos y sus aliados a que bajasen de aquel lugar fuerte que ocupaban, por la necesidad del agua, y sacarlos a lo llano, a fin de combatir con ellos en sitio ventajoso, y empleó todo aquel día en quitarles el agua.