»No conviene por la adversidad de los contrarios engreírse, sino antes refrenar los apetitos y pensamientos, y confiar tan solamente en las propias fuerzas considerando que los lacedemonios, por la afrenta que han recibido de nosotros, no piensan en otra cosa sino en vernos hacer alguna locura o desatino para vengar su derrota y recobrar la honra perdida; tanto más ellos que otros porque son más codiciosos de gloria y honra que cualquiera otra nación.

»Debemos pues, varones atenienses, considerar que no tratamos ahora solo de favorecer a los egesteos de Sicilia, que al fin son bárbaros, sino también de cómo nos podemos guardar y defender de una ciudad tan poderosa como la de los lacedemonios, que, por gobernarla pocos, es enemiga de la nuestra que se gobierna por señorío y comunidad.

»También nos debemos acordar de que apenas hemos podido respirar de una grande epidemia, y de una guerra tan grande como la pasada, que nos puso en tanto cuidado y fatiga, y que si ahora crecemos en número de gente y de riqueza, lo debemos guardar para emplearlo en provecho de nosotros mismos, y no gastarlo en pro de estos desterrados que vienen a pedirnos socorro y ayuda, los cuales saben mentir bien para su provecho, con daño y peligro de sus vecinos, sin tener otra cosa que dar sino palabras. Porque si con nuestra ayuda les suceden bien sus cosas, ni nos darán provecho ni gracias, y si mal, se perjudicarán ellos y dañarán a sus amigos y aliados. Y si alguno de los elegidos por vosotros para tener cargo de la armada aconseja esta empresa por su interés particular, y por estar en la flor de su mocedad desea ganar honra para ser más estimado, y ostentar los muchos caballeros que mantiene de la renta que tiene, no por eso debéis otorgar a sus deseos y cumplir su voluntad y provecho particular con daño y peligro de toda la ciudad, sino antes considerad que por causa de semejantes personas las cosas públicas reciben detrimento, y las privadas y particulares se gastan y destruyen. Además, un negocio de tan gran importancia no debe ser consultado con hombres mozos, ni ponerse en ejecución tan de repente.

»Porque temo que en esta asamblea hay muchos sentados que le asisten y favorecen, y por su ruego han venido, recomiendo a los ancianos que no se dejen persuadir por hombres mozos que les dicen sería vergüenza no emprender la guerra, que parecería pusilanimidad y falta de corazón, que sería mal comentado no socorrer a los amigos ausentes y otras semejantes razones, pues sabéis bien que las cosas que se hacen por pasión y afecto las más de las veces no salen tan bien como aquellas que se ejecutan por razón y maduro consejo. Por lo cual y por no poner nuestro estado en peligro ya que hasta ahora no lo hemos puesto, debemos responder a los sicilianos que no traspasen los términos que actualmente tienen con nosotros, a saber, que no pasen el golfo de la mar de Jonia por la parte de tierra, ni por otra parte de Sicilia, y en lo demás que gobiernen sus tierras y señoríos entre ellos como bien les pareciere, y responded a los egesteos, que pues que comenzaron la guerra contra los selinuntios sin los atenienses, la acaben por sí mismos, y de aquí en adelante nos recatemos de hacer nuevas alianzas de la suerte que hasta ahora hemos acostumbrado, porque siempre queremos ayudar a los necesitados en sus trabajos y fortunas, y cuando nosotros necesitamos socorro para los nuestros no lo hallamos.

»Tú, presidente, si quieres tener cuidado de la ciudad y gobernarla como conviene, y merecer el nombre de buen ciudadano, debes poner de nuevo en consulta este negocio, y demandar las opiniones de todos sin avergonzarte de revocar el decreto una vez hecho, pues en esta asamblea hay tan buenos y tantos testigos que con razón no podrás ser culpado por tomar otra vez consejo. Este será el remedio para la ciudad mal aconsejada, no olvidando que la manera de gobernar bien un buen juez, es hacer a su patria todo el provecho que pudiere, a lo menos no hacerle mal ni daño a sabiendas.»

De esta manera habló Nicias, y después hablaron otros muchos atenienses, de los cuales la mayoría fue de parecer que se llevase adelante aquella empresa según la primera determinación. Algunos había de contraria opinión.

Alcibíades era el que más aconsejaba la guerra, así por contradecir a Nicias, a quien tenía odio, como por otras causas que entonces le movían tocantes al gobierno de la república, y también porque Nicias en su razonamiento parecía que le acusaba de calumnia, aunque no le nombraba por su nombre, y principalmente porque deseaba en gran manera ser capitán en aquella armada, esperando por este medio conquistar a Sicilia, y después a Cartago, y adquirir gloria, honra y riquezas en esta conquista, si la cosa salía bien como creía, porque estando en gran reputación, teniendo el favor del pueblo y queriendo por gloria y ambición ostentar más de lo que permitían sus rentas, presumía de mantener muchos caballos, y hacer suntuosos y excesivos gastos, lo cual después en parte fue causa de la destrucción del poder de Atenas, pues muchos ciudadanos viendo su desorden y demasía, así en el comer como en atavíos de su persona y su arrogancia y pensamientos altivos en todas cuantas cosas trataba, le fueron enemigos, creyendo que se quería hacer señor y tirano de la tierra, y aunque en las cosas de guerra fuese muy valeroso y las supiese bien tratar, como la mayoría de los ciudadanos era contraria a sus obras, procuraban poner los negocios de la república en manos de otro, de donde al fin provino la pérdida y destrucción de su ciudad.

Saliendo Alcibíades ante todos les habló de esta manera:

IV.

Discurso de Alcibíades a los atenienses aconsejándoles la expedición a Sicilia.