»Por estas razones tengo por averiguado que si les salimos al encuentro, de manera que vean que no pueden saltar en tierra, como pensaban, no partirán de Corcira, sino que mientras consultan allí sobre el número de la gente y naves que tenemos, y en qué lugar estamos, llegará el invierno, que estorbará e impedirá su paso, o sabiendo que nuestros aprestos son mayores que ellos pensaban, dejarán su empresa, con tanta más razón, cuanto que según he oído, el principal de sus capitanes, y más experimentado en las cosas de guerra, viene contra su voluntad, y por ello de buena gana tomará cualquier pretexto para volverse, si por nuestra parte hacemos alguna buena muestra de nuestras fuerzas. La noticia de lo que podremos hacer, será mayor que la cosa, porque en tales casos los hombres fundan su parecer en la fama y rumor, y cuando el que piensa ser acometido sale delante al que le quiere acometer, le infunde más temor que si solamente se prepara a la defensa; porque entonces el acometedor se ve en peligro, y piensa cómo defenderse, cuando antes solo imaginaba cómo acometer, lo cual sin duda sucedería ahora a los ateniense cuando nos vieren venir contra ellos, donde ellos pensaban venir contra nosotros sin hallar resistencia alguna, lo cual no es de maravillar que lo creyesen, pues mientras estuvimos aliados con los lacedemonios, nunca les movimos guerra, mas si ahora ven nuestra osadía, y que nos atrevemos a lo que ellos no esperaban, les asustará ver cosa tan nueva, muy contraria a su opinión, y el poder y fuerzas que tenemos de veras.
»Por tanto, varones siracusanos, os ruego me deis crédito en esto, y cobréis ánimo y osadía que es lo mejor que podéis hacer, y si no queréis hacer esto, a lo menos apercibiros de todas las cosas necesarias para la guerra, y parad mientes, que obrando así, estimaréis en menos a los enemigos que vienen a acometeros. Esto no se puede demostrar sino poniéndolo por obra y preparándoos contra ellos, de tal suerte, que estéis seguros. No olvidéis que lo mejor que un hombre puede hacer es prever el peligro antes que venga, como si lo tuviese delante, pues a la verdad, los enemigos vienen con muy gruesa armada, y ya casi están desembarcados y como a la vista.»
Cuando Hermócrates acabó su discurso, todos los siracusanos tuvieron gran debate, porque unos afirmaban que era verdad que los atenienses venían como decía Hermócrates, y otros decían que aunque viniesen, no podían hacer daño alguno sin recibirlo mayor; algunos menospreciaban la cosa, tomándolo a burla y se reían de ella, siendo muy pocos los que daban crédito a lo que Hermócrates aseguraba, y temían lo venidero.
Entonces Atenágoras, que era uno de los principales del pueblo, que mejor sabía persuadir al vulgo, se puso en pie, y habló de esta manera:
VIII.
Discurso de Atenágoras a los siracusanos.
«Si alguno hay que no diga que los atenienses son locos o insensatos, si vinieren a acometernos en nuestra tierra, o que si vienen, no vendrán a meterse en nuestras manos, este tal es bien medroso, y no tiene amor ni quiere el bien de la república. No me maravillo tanto de la osadía y temeridad de los que siembran estos rumores para poner espanto en nuestro ánimo como de su locura y necedad si piensan que no ha de saberse y ser manifiesto quienes son.
»La costumbre de aquellos que temen y recelan en particular, es procurar poner miedo a toda la ciudad para encubrir y ocultar su miedo particular so color del común temor. Por donde yo entiendo que estos rumores que corren de la venida de la armada de los atenienses no han nacido espontáneamente, sino que los hacen correr con malicia los acostumbrados a promover semejantes cosas.
»Si me queréis creer y usar de buen consejo, no hagáis caso alguno de ellos, sino antes considerad la condición y calidad de aquellos de quien se dice que son hombres sabios y experimentados, como a la verdad yo estimo que lo son los atenienses. Reconociéndolos por tales, no me parece verosímil que aun no estando ellos del todo libres de la guerra que tienen con los peloponesios, quieran abandonar su tierra y venir a comenzar aquí una nueva guerra, que no será menor que la otra, antes pienso que se tendrán por dichosos si no vamos nosotros a acometerles en su tierra, habiendo en esta isla tantas ciudades y tan poderosas, que si vinieren, como se dice, han de pensar que la isla de Sicilia es más poderosa para combatirles y vencerles que todo el Peloponeso junto, pues esta isla está abastecida mejor y provista de todas las cosas necesarias para la guerra, y principalmente esta nuestra ciudad que solo ella es más poderosa que toda la armada que dicen viene contra nosotros, aunque fuese mucho mayor, pues no pueden traer gente de a caballo, ni menos la podrán hallar por acá, sino por acaso algunos pocos que les podrían dar los egesteos, y de gente de a pie no pueden venir en tan gran número como nosotros tenemos, pues los han de traer por mar, y es cosa difícil que el gran número de naves necesarias para traer vituallas y otras cosas indispensables en un ejército tan grande como se requiere para conquistar una ciudad de tanto poder cual es la nuestra, pueda venir en salvo y segura hasta aquí.
»También me parece poco verosímil que, aunque los atenienses tuviesen alguna villa o ciudad que fuese su colonia tan poblada de gente como esta nuestra ciudad en algún lugar aquí cerca, y que desde esta quisiesen venir a acometernos, puedan volver sin pérdida y daño, por lo tanto con más razón se debe esperar viniendo de tan lejos contra toda Sicilia, la cual, tengo por cierto, que se declarará por completo contra ellos, porque los atenienses por fuerza han de asentar su campo en algún lugar de la costa para la seguridad de su armada, que tendrán siempre a la vista sin atreverse a entrar en el interior de la tierra por temor a la caballería, cuanto más que apenas podrán tomar tierra, porque tengo por mucho mejores hombres de guerra a los nuestros que a los suyos, y sabido esto, aseguro que los atenienses, antes pensarán en guardar su tierra, que en venir a ganar la nuestra.