»En vuestra mano está, varones lacedemonios, efectuar todo esto. Y no me engaña mi pensamiento de que lo podéis hacer a salvo, y en breve tiempo si quisiereis, y sin que por ello deba ser tenido o reputado por malo, porque habiendo sido antes vuestro mortal enemigo y amigo de mi pueblo, ahora me muestre tan áspero y cruel contra mi patria: ni tampoco debéis tenerme por sospechoso y presumir que todo lo que digo es para ganar vuestra gracia y favor a causa de mi destierro. Porque a la verdad, confieso que estoy desterrado, y así es cierto por la maldad de mis adversarios, aunque no lo estoy para vuestra utilidad y provecho si me quisiereis creer, ni debo al presente tener tanto por mis enemigos a vosotros que alguna vez nos hicisteis mal y daño siendo enemigos nuestros, como a aquellos que han forzado a mis amigos a que se me conviertan en enemigos, no solamente ahora que me veo injuriado, sino también entonces cuando tenía mando y autoridad en el pueblo.
»Echado por mis adversarios injustamente de mi tierra, no pienso que voy contra mi patria haciendo lo que hago, antes me parece que trabajo por recobrarla, pues al presente no tengo ninguna. Y a la verdad, debe ser antes tenido y reputado por más amigo de su patria el que por el gran deseo de recobrarla hace todo lo que puede para volver a ella, que el que habiendo sido echado injustamente de ella y de sus bienes y haciendas no osa acometerla e invadirla.
»En virtud de las razones arriba dichas, varones lacedemonios, me tengo por digno de que debáis y queráis serviros de mí en todos vuestros peligros y trabajos, pues sabéis que se ha convertido ya en refrán y proverbio común, que aquel que siendo enemigo pueda hacer mucho daño, siendo amigo puede hacer mucho provecho. Cuanto más que conozco muy bien todas las cosas de los atenienses, y casi entiendo ya de las vuestras por conjeturas, y por eso ruego y requiero que, pues estáis aquí reunidos para consultar asuntos de tan grande importancia, no tengáis pereza en organizar dos ejércitos, uno por mar para ir a Sicilia, y otro por tierra para entrar en los términos de Atenas, porque haciendo esto, con muy poca gente podréis realizar grandes cosas en Sicilia y destruir el poder y fuerzas de los atenienses que tienen ahora y podrían tener en lo porvenir.
»Así llegaréis a poseer vuestro estado más seguro y a tener el mando y señorío de toda Grecia, no por fuerza, sino porque de propia voluntad os lo dará.»
Cuando Alcibíades acabó su discurso, los lacedemonios, que ya tenían pensamiento de hacer la guerra a los atenienses (aunque la andaban dilatando y no tomaban resolución definitiva), se afirmaron y convencieron de la conveniencia de realizarla por las razones de Alcibíades, teniendo por cierto que decía la verdad por ser persona que sabía bien lo que deseaban y proyectaban los atenienses. Y desde entonces determinaron tomar y fortificar la villa de Decelia y enviar algún socorro a Sicilia.
Eligieron por capitán para la empresa de Sicilia a Gilipo, hijo de Cleándridas, al que mandaron que hiciese todas las cosas por consejo de los embajadores siracusanos y de los corintios, y que lo más pronto que pudiese llevase socorro a los de Sicilia.
Con este mandato fue Gilipo a Corinto para que le enviasen al puerto de Ásine dos galeras armadas, y aparejasen todas las otras que habían de mandar, a fin de que estuviesen a punto de hacerse a la vela lo más pronto que pudieran, de manera que todos se encontrasen dispuestos a navegar con el primer buen tiempo. Tomada esta determinación partieron los embajadores de los siracusanos de Lacedemonia.
Entretanto, la galera que los capitanes atenienses habían enviado desde Sicilia a Atenas a pedir socorro de gente, dinero y vituallas llegó al puerto de Atenas, y los que venían en ella dieron cuenta a los atenienses del encargo, lo cual, oído por ellos, acordaron enviarles el socorro que demandaban.
En esto llegó el fin del invierno, que fue el decimoséptimo año de esta guerra que escribió Tucídides.