»Si las ciudades de Italia que nos proveen de vituallas llegan a saber el estado en que nos encontramos y que no nos enviáis socorro alguno, se pasarán a nuestros enemigos, y sin remedio alguno seremos destruidos y desbaratados sin pelear.

»Os podría escribir otras cosas más apacibles y agradables, pero no tan útiles y necesarias para vosotros si queréis poner atención en ello, cosa que dudo en gran manera, porque conozco muy bien vuestra condición y sé que oís de buena gana cosas placenteras, pero cuando el caso es distinto de lo que pensabais, echáis la culpa a los capitanes que tienen el mando. Por ello he querido escribiros la verdad, a fin de que proveáis con diligencia. Y también os debo decir, que de las cosas que nos habéis encargado en esta empresa, no podéis imputar culpa alguna a los caudillos ni capitanes, ni menos a los soldados.

»Viendo, pues, que toda Sicilia conspira y se une al presente contra nosotros, y que espera nuevo socorro del Peloponeso, o determinad llamarnos, atento que somos más débiles y flacos de fuerzas que nuestros enemigos, aun en la situación en que están al presente, o de enviarnos nuevo socorro que no sea de menos naves ni de menos gente que esta que tenemos, y buena suma de dinero. Además otro general, porque yo no puedo soportar más la carga a causa del mal de riñones que me fatiga en gran manera. Y me parece que la razón lo requiere, pues mientras tuve salud os he servido muy bien.

»En conclusión, que todo lo que quisiereis hacer lo determinéis desde ahora hasta el principio de la primavera, sin más dilación, porque en breve tiempo los enemigos traerán a su devoción todos los sicilianos.

»Y aunque las cosas de los peloponesios se hagan más despacio, guardaos que no os suceda como antes de ahora muchas veces os ha acaecido, que ignoráis una parte de sus empresas, y la otra la sabéis tan tarde, que sois sorprendidos por su ataque antes de que lo podáis remediar.»

De este tenor era la carta de Nicias, que leída por los atenienses, en cuanto tocaba a enviar nuevo capitán, por sucesor en el cargo, no fueron de esta opinión, sino que hasta tanto que le enviasen compañeros, eligieron por adjuntos dos de los que con él estaban en el ejército a saber, Menandro y Eutidemo, a fin de que, encontrándose solo y enfermo, no estuviese muy fatigado.

En lo demás, determinaron enviarle nuevo socorro, así de naves como de gente de guerra y marineros suyos y de los aliados, y además nombraron otros dos nuevos capitanes juntamente con Nicias, que fueron Demóstenes, hijo de Alcístenes, y Eurimedonte, hijo de Tucles, y a Eurimedonte le enviaron enseguida cerca del solsticio del invierno a Sicilia con diez naves y veinte talentos en dinero para proveer a los que allí estaban, y darles nuevas del socorro que recibirían en adelante, y del mucho cuidado que los atenienses tenían de ellos.

Demóstenes se quedó para preparar el socorro que habían ordenado enviar, y embarcarse con él al principio de la primavera. Asimismo para hacer a los aliados que proveyesen de naves, gente y dinero en la parte que les correspondía.

III.

Los peloponesios entran en tierra de Atenas y cercan la villa de Decelia. — Socorros que envían a Sicilia, así los atenienses como los peloponesios.