Había también otra cosa que les turbaba en gran manera, y era el son de las bocinas y las canciones que cantaban para dar la señal, porque así los enemigos como los que estaban de parte de los atenienses, es decir, los argivos y corcirenses y todos los otros dorios, tocaban y cantaban de una misma manera, por lo cual todas cuantas veces esto se hacía, los atenienses no sabían de qué parte venía el son ni a qué propósito.
Tan grande llegó a ser el desorden, que cuando se encontraban unos a otros se herían amigos con amigos, ciudadanos con ciudadanos, antes que se pudiesen conocer, y los que iban huyendo no sabían qué camino tomar, ocurriendo que muchos se despeñaron de sitios altos, donde morían a manos de los enemigos, a causa de que el lugar de Epípolas está muy alto y tiene pocos senderos y caminos, y estos muy estrechos, de manera que era cosa muy difícil seguirlos, mayormente yendo de huida, aunque algunos de ellos se escapaban y salían a lo llano, y estos eran los que habían estado al principio del cerco, porque conocían la localidad y así se salvaban y volvían a su campo; pero los recién venidos que, en su mayor número, no sabían los caminos, salieron errantes, y viéndoles u oyéndoles por el campo, la gente de a caballo de los enemigos, fueron todos muertos.
Al día siguiente, los siracusanos levantaron dos trofeos en señal de victoria, uno a la entrada de Epípolas, y otro en el lugar donde los tebanos habían hecho la primera resistencia, y los atenienses, otorgándoles la victoria, les demandaron los muertos para enterrarlos, que fueron muchos. Pero se hallaron más número de arneses que de cuerpos muertos, porque aquellos que huían de noche por las rocas y peñas, siendo forzados a saltar de lo alto a lo bajo, en muchas partes arrojaban las armas por poder huir más fácilmente, y de esta manera se salvaron muchos.
IX.
Después de celebrar muchos consejos, deciden los atenienses levantar el sitio de Siracusa, y al fin no lo hacen por una superstición.
Esta victoria no esperada hizo cobrar ánimo y osadía a los siracusanos como antes, por lo cual, entendiendo que los acragantinos estaban entre sí discordes, enviaron a Sicano con quince galeras para intentar atraerles a su amistad y alianza.
Por otra parte, Gilipo fue por tierra a las ciudades de Sicilia para demandarles socorro de gente, con esperanza de que con este y por la victoria que habían alcanzado los siracusanos en Epípolas, tomarían por fuerza los muros de los atenienses.
Entretanto los capitanes del ejército ateniense estaban con mucho cuidado, considerando la derrota pasada y las dificultades que había en su campo y en la armada, uno y otra con tantas necesidades, que todos en general estaban cansados y trabajados de aquel cerco, mayormente a causa de que en el campamento había muchas enfermedades, por dos razones, una la estación del año, que por entonces era la más sujeta a enfermedad, y otra por el lugar donde tenían asentado el campamento, en sitios pantanosos y bajos, muy incómodos para estar allí de asiento.
Por estas causas, Demóstenes era de opinión que no debiesen esperar más allí, y pues le había resultado mal la empresa de Epípolas, le parecía mejor consejo partir que quedar, porque la mar estaba a la sazón buena de pasar, y con los demás barcos que habían traído consigo, eran más fuertes en mar que los enemigos.
Por otra parte, le parecía cosa más conveniente y necesaria ir a pelear en su propia tierra, donde los enemigos se habían hecho fuertes y habían formado una plaza, que no estar allí gastando tiempo y dinero sobre una villa en tierras lejanas, sin esperanza de tomarla. Este era el parecer de Demóstenes.