Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme en los brazos de la fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que tropezando aquí, cayendo allí, despeñándome acá, y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas, y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes; y así por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en estampa[502] en casi todas o las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia. Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras o en una sola, digo que yo soy Don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste Figura; y puesto que[503] las propias alabanzas envilecen, esme forzoso decir yo tal vez las mías, y esto se entiende, cuando no se halla presente quien las diga: así que, señor gentil-hombre, ni este caballo, esta lanza, ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza os podrá admirar de aquí adelante, habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago[504]

Calló en diciendo esto Don Quijote, y el de lo Verde, según se tardaba en responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a buen espacio le dijo: «acertastes, señor caballero, a conocer por mi suspensión mi deseo; pero no habéis acertado a quitarme la maravilla que en mí causa[505] el haberos visto, que puesto que como vos, señor, decís que el saber ya quién sois me lo podría quitar, no ha sido así, antes ahora que lo sé, quedo más suspenso y maravillado. Cómo, ¿y es posible que hay[506] hoy caballeros andantes en el mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballería? No me puedo persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera, si en vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. Bendito sea el cielo, que con esa historia que vuesa merced dice que está impresa de sus altas y verdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las innumerables de los fingidos caballeros andantes de que estaba lleno el mundo, tan en daño de las buenas costumbres, y tan en perjuicio y descrédito de las buenas historias.»—«Hay mucho que decir, respondió Don Quijote, en razón de si son fingidas o no las historias de los andantes caballeros.»—«¿Pues hay quién dude, respondió el Verde, que no son falsas las tales historias?»—«Yo lo dudo, respondió Don Quijote, y quédese esto aquí, que si nuestra jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho mal en irse con la corriente de los que tienen por cierto que no son verdaderas.»

Desta última razón de Don Quijote tomó barruntos el caminante de que Don Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo confirmase; pero antes que se divirtiesen en otros razonamientos, Don Quijote le rogó le dijese quién era, pues le había dado parte de su condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán: «yo, señor caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido: soy más que medianamente rico, y es mi nombre Don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer y con mis hijos y con mis amigos: mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso[507] o algún hurón atrevido; tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos, y de devoción otros: los de caballerías aun no han entrado por los umbrales de mis puertas; hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje, y admiren y suspendan con la invención, puesto que[508] destos hay muy pocos en España; alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido: son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos: ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se murmure: no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.»

Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del hidalgo; y pareciéndola buena y santa, y que quien la hacía debía de hacer milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fué a asir del estribo derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas veces. Visto lo cual por el hidalgo le preguntó: «¿qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son estos?»—«Déjenme besar, respondió Sancho, porque me parece vuesa merced el primer santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.»—«No soy santo, respondió el hidalgo, sino gran pecador; vos sí, hermano, que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.» Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la profunda malencolía[509] de su amo, y causado nueva admiración a Don Diego.

PARTE II, CAPÍTULO XXIII

Terminado el relato episódico de las bodas de Camacho, o mejor dicho, de Basilio, quiere visitar Don Quijote la Cueva de Montesinos[510]; en esta visita le acompaña un primo de cierto Licenciado, que había hallado Don Quijote en su camino. Después de haber descendido a la sima Don Quijote atado con cuerdas, cuenta al Primo y a Sancho lo que vió en la cueva. Cervantes llena de finísima poesía toda esta concepción fantástico-burlesca.

«A obra de doce o catorce estados[511] de la profundidad desta mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella[512] un gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohino de verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura región abajo, sin llevar cierto ni determinado camino, y así determiné entrarme en ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no descolgásedes más soga, hasta que yo os lo dijese; pero no debistes de oírme. Fui recogiendo la soga que enviábades, y haciendo della una rosca o rimero, me senté sobre él, pensativo además[513], considerando lo que hacer debía para calar al fondo, no teniendo quien me sustentase; y estando en este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo, y cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél, y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto. Con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de trasparente y claro cristal fabricados, del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía un venerable anciano vestido con un capuz[514] de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba; ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso verde: cubríale la cabeza una gorra milanesa negra[515], y la barba canísima le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de avestruz: el continente, el paso, la gravedad y la anchísima presencia[516], cada cosa de por sí y todas juntas me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fué abrazarme estrechamente, y luego decirme: «Luengos tiempos ha, valeroso caballero Don Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados, esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardada para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo stupendo: Ven conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que este trasparente alcázar solapa, de quien[517] yo soy alcaide y guarda mayor perpetua[518], porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre.» Apenas me dijo que era Montesinos[519], cuando le pregunté si fué verdad lo que en el mundo de acá arriba se contaba, que él había sacado de la mitad del pecho con una pequeña daga[520] el corazón de su grande amigo Durandarte, y llevádole a la señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte. Respondióme que en todo decían verdad sino en la daga, porque no fué daga, ni pequeña[521], sino un puñal buído[522], más agudo que una lezna.»

—«Debía de ser, dijo a este punto Sancho, el tal puñal de Ramón de Hoces el Sevillano.»—«No sé, prosiguió Don Quijote, pero no sería dese puñalero, porque Ramón de Hoces fué ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contesto de la historia.»—«Así es, respondió el Primo; prosiga vuesa merced, señor Don Quijote, que le escucho con el mayor gusto del mundo.»

«No con menor lo cuento yo, respondió Don Quijote, y así digo que el venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala baja, fresquísima sobremodo[523], y toda de alabastro, estaba un sepulcro de mármol con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de bronce ni de mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha (que a mi parecer es algo peluda y nervosa, señal de tener muchas fuerzas su dueño)[524] puesta sobre el lado del corazón, y antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso, mirando al del sepulcro, me dijo[525]: Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado, como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín[526], aquel francés encantador, que dicen que fué hijo del diablo; y lo que yo creo es que no fué hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo. El cómo o para qué nos encantó, nadie lo sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no están muy lejos, según imagino. Lo que a mí me admira es que sé tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mis propias manos (y en verdad que debía de pesar dos libras, porque según los naturales, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor valentía del[527] que le tiene pequeño); pues siendo esto así, y que realmente murió este caballero ¿cómo ahora se queja[528] y sospira de cuando en cuando como si estuviese vivo? Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz, dijo:

¡Oh mi primo Montesinos!