19«Así que él le dijo, `y tu tendrás autoridad sobre cinco ciudades.´ 20Otro llego diciendo, `Señor, mira tu mina que mantuve guardada en un pañuelo[[158]], 21pues tuve miedo de usted, porque usted es un hombre severo. Toma de lo que no puso, y recoge lo que no sembró.´
22Él le dijo, `¡De tu propia boca te juzgaré, malvado sirviente! Tu sabías que yo era un hombre severo, que toma de lo que no puso y recoge de lo que no sembró. 23Entonces ¿porque no depositaste mi dinero en el banco[[159]] y a mi llegada podría haber ganado intereses? 24Le dijo a los que estaban, `Tomen la mina que él tiene, y dénsela al que tiene diez minas.´
25«Ellos le dijeron, `¡Señor, él tiene diez minas!´ 26`Porque les digo que a todo el que tiene, se le dará más; pero al que no tiene, incluso se le quitara lo que tenga. 27Pero traigan esos enemigos mios que no quiere que reine sobre ellos, y mátenlos frente a mí.´» 28Habiendo dicho esto, siguió adelante, andando hacía Jerusalén.
29Sucedió cuando estaba cerca de Betfagé[[160]] y Betania en la montaña llamada de los olivos[[161]], que mandó a dos de sus discípulos 30diciendo, «Vayan al pueblo del otro lado, en el cual al entrar encontrarán un burro amarrado que nadie ha montado. Desamárrenlo y traíganlo. 31Si alguien les pregunta, `¿Porqué están desamarrándolo?´ díganle `El Señor lo necesita.´»
32Los enviados partieron y encontraron todo como Él les había dicho. 33Mientras estaban desamarrando al burro, los dueños les dijeron, «¿Porqué están desamarrando al burro?» 34Ellos les dijeron, «El Señor lo necesita.» 35Lo llevaron a Jesús. Colocaron sus ropas sobre el burro y montaron a Jesús. 36Mientras avanzaban, colocaban sus ropas en el camino. 37Cuando se acercaba al descenso del Monte de los Olivos, toda la multitud de discípulos comenzó a gritar alegremente y a alabar a Dios por todas las obras grandiosas[[162]] que habían visto, 38diciendo, «¡Bendito es el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo, y gloria al altísimo!»
39Algunos de los fariseos de la multitud le dijeron, «¡Maestro, reprende a tus discípulos!»
40Él les contestó, «Les digo que si estos hombre callaran, las piedras gritarían.»
41Cuando estaba cerca, vio la ciudad y lloró por ella, 42diciendo, «¡Si tu, incluso tu, hubieras sabido hoy las cosas que son para tu paz[[163]]! Pero ahora, están escondidas a tus ojos. 43Porque vendrán los días sobre ti, en los que tus enemigos levantarán una barricada contra ti[[164]], te rodearán, acorralándote por todos lados, 44y los tirarán a ustedes y sus hijos con ustedes contra el piso. No dejarán una piedra sobre otra, porque ustedes no supieron la hora de su visita.»
45Entró al templo, y comenzó a sacar a los que compraban y vendían allí, 46diciéndoles, «Está escrito, `Mi casa es casa de oración,´ ¡pero ustedes la han convertido en `cueva de ladrones´!
47Él enseñaba a diario en el templo, pero los jefes de los sacerdotes y los líderes entre la gente[[165]] buscaban destruirlo. 48Ellos no podían encontrar como poder hacerlo, porque toda la gente se ceñía a cada palabra que decía[[166]].