Ninguna de las pasiones nobles, que suelen agitar el corazon de un guerrero, templó esa sórdida ambicion de riquezas, que cegaba los hombres, y los hacia insensibles á los mismos males que sufrian. Los planes que se frustraban eran facilmente reemplazados por otros no menos efímeros y fantásticos; y las últimas empresas sobrepujaban casi siempre en temeridad á las que las habian precedido. No contentos con lo mucho que habian disipado, buscaban nuevos recursos para fomentar su natural propension á los gustos frívolos, cuando no era á los vicios ruinosos.

Bajo el imperio de estas ilusiones, acogian todas las esperanzas, prestaban el oido á todas las sugestiones, y estaban siempre dispuestos á arrostrar los mayores peligros, cuando se les presentaban en un camino que podia conducirlos á la fortuna. Es opinion general de los escritores que han tratado del descubrimiento del Rio de la Plata, que lo que mas influyó en atraerle un número considerable y escogido de conquistadores, fué el nombre. Ni el fin trágico de Solis, ni el número y la ferocidad de los indígenas, ni el hambre que habia diezmado á una porcion de sus propios compatriotas, fueron bastantes á retraerlos de un país que los brindaba con fáciles adquisiciones. Pero pronto reconocian su error, y el vácio que dejaba este desengaño hubiera sido abrumante, si no hubiesen tenido á su disposicion un Dorado y los Césares para llenarlo.

Estas dos voces, que son ahora sin sentido para nosotros, fueron entonces el alma de muchas y ruinosas empresas. Los gobiernos de Lima, Buenos Aires y Chile, distrayéndose de las atenciones que los rodeaban, tendian la vista hácia estas poblaciones misteriosas, reiterando sus conatos para alcanzarlas; y las noticias que circulaban sobre su existencia, eran tan circunstanciadas y concordes, que arrancaban el convencimiento. Se empezó por repetir lo que otros decian, y se acabó por hablar como testigos oculares.

De los Césares sobre todo se discurria con la mayor precision y evidencia. Eran ciudades opulentas, fundadas, segun opinaban algunos, por los españoles que se salvaron de Osorno y de los demas pueblos que destruyeron los Araucanos en 1599; ó segun otros, por los restos de las tripulaciones de los buques naufragados en el estrecho de Magallanes. "La ciudad principal, (puesto que se contaban hasta tres) estaba en medio de la laguna de Payegué, cerca de un estero llamado Llanquecó, muy correntoso y profundo. Tenia murallas con fosos, rebellines y una sola entrada, protegida por un puente levadizo y artilleria. Sus edificios eran suntuosos, casi todos de piedra labrada, y bien techados al modo de España. Nada igualaba la magnificencia de sus templos, cubiertos de plata maciza; y de este mismo metal eran sus ollas, cuchillos, y hasta las rejas de arado. Para formarse una idea de sus riquezas, baste saber que los habitantes se sentaban en sus casas en asientos de oro! Gastaban casaca de paño azul, chupa amarilla, calzones de buché, ó bombachos, con zapatos grandes, y un sombrero chico de tres picos. Eran blancos y rubios, con ojos azules y barba cerrada. Hablaban, un idioma ininteligible á los españoles y á los indios; pero las marcas de que se servian para herrar su ganado eran como las de España, y sus rodeos considerables. Se ocupaban en la labranza, y lo que mas sembraban era ají, de que hacian un vasto comercio con sus vecinos. Acostumbran tener un sentinela en un cerro inmediato para impedir el paso á los extraños; poniendo todo su cuidado en ocultar su paradero, y en mantenerse en un completo aislamiento. A pesar de todas estas precauciones, no habian podido lograr su objeto, y algunos indios y españoles se habian acercado á la ciudad hasta oir el tañido de las campanas!"

Estas y otras declaraciones que hacian, bajo de juramento, los individuos llamados á ilustrar á los gobiernos sobre la Gran Noticia, (tal era entonces el nombre que se daba á este pretendido descubrimiento) excitaron el celo de las autoridades, y la mas viva curiosidad del público. Este fervor, y los proyectos de expediciones que le fueron consiguientes, empezaron con el siglo XVII, y continuaron hasta el año de 1781, en que la Corte de España encargó al Gobierno de Chile de tomar en consideracion las propuestas del capitan D. Manuel Josef de Orejuela, que solicitaba auxilios de tropa y dinero para emprender la conquista de los Césares. Con este motivo se pasaron al Fiscal de aquel reino nueve volúmenes de autos, que se conservaban en los archivos, para que aconsejase las medidas que le pareciesen mas conducentes á llenar los objetos consultados. Este magistrado procedió en su exámen con los principios del criterio legal, que no duda de lo que se apoya en declaraciones juradas, explícitas, concordes y terminantes. Las objeciones que se hacian contra estos asertos le parecieron cavilaciones de hombres acostumbrados á dudar de las cosas mas evidentes. Puso en cotejo la incredulidad con que se oyeron los vaticinios de Colon sobre la existencia de un nuevo mundo; los muchos é importantes descubrimientos debidos á las solas indicaciones de los indios, y buscó en la historia de los naufrágios célebres una explicacion fácil al orígen de estas poblaciones ocultas.

Hay errores que merecen ser escusados, y en los que pueden incidir los espíritus mas rectos y juiciosos: tal nos parece el del Fiscal de Chile. Su convencimiento es completo: no solo creia en los Césares, sino que se esforzaba á que todos les creyesen.—Con semejantes atestaciones, exclamaba en su entusiasmo, parece que ya no debe dudarse de la existencia de aquellas poblaciones. Y realmente ¡cuan peligroso seria en un juez un sistema de investigacion llevado hasta la incredulidad y el escepticismo! ¡Cuan insuperables serian las trabas que opondria al curso de la justicia una conciencia incontentable, que desconfiase de la razon, y protestase contra sus fallos!…

No eran hombres vulgares los PP. Mascardi, Cardiel y Lozano, y todos ellos participaron de este engaño, trabajando con ahinco para generalizarlo. Uno de ellos fué víctima de su celo apostólico:—los otros estaban dispuestos á imitarle, por la persuasion en que estaban de hallar un pueblo, falto de los auxilios de la religion, aunque viviese en la comodidad y la abundancia.

Sin embargo, esta justificacion de un error que ya no es posible disfrazar, debo esparcir dudas sobre muchos hechos históricos, por mas auténticos y calificados que sean. Hay épocas en que la razon se ofusca al contemplar objetos nuevos é inusitados; y expuesto el hombre mas juicioso á una serie continua de impresiones violentas, deja de analizarlas, y baja insensiblemente al nivel de las inteligencias vulgares, que todo lo ponderan y admiran. Para cumplir con el precepto del sábio, nil admirari, se necesita estar en el pleno egercicio de sus facultades, y haber contraido cierto hábito de dominar sus sentidos, siempre propensos á fascinar, y á engañarse. ¡Cuan distantes estaban los conquistadores de América de este estado de sosiego! Para ellos todo era motivo de arrebato. El espectáculo de un nuevo mundo, de pueblos nuevos, de nuevas costumbres, y mas que todo, esas fuentes inagotables de riquezas, que brotaban por todas partes con mas prontitud que el mismo deseo de poseerlas, mantenian á los hombres en una dulce y perpetua extasis. Sin tomar el opio como los musulmanes, probaban las mismas sensaciones, y les costaba trabajo arrancarse de ellas.

Con estas disposiciones se forjaron tantas mentiras, y se formaron espedientes para acreditarlas. Los casos mas inverósimiles, los sucesos mas extraños, las declaraciones evidentemente falsas y absurdas, encontraban siempre testigos, y un escribano para certificarlas. El que quisiera recopilar estos embustes, formaria una obra voluminosa, y talvez divertida. Garcilaso, el menos crédulo de sus contemporáneos, no ha podido sustraerse de este embeleso; ya exagerando la sabiduria de las antiguas instituciones del Perú; ya sus tesoros, ya la fecundidad de su territorio. Le habian quedado algunas dudas sobre la magnitud extraordinaria de un rábano del valle de Cuçapá, del que habia oido hablar vagamente, y se encontró en Córdoba con un caballero español, que acompañaba al Gobernador de Chile cuando se trató de reconocer y probar este hecho. Este español le dijo, "á fé de caballero hijodalgo, no solo ví cinco caballos atados á las ramas del rábano, sino que comí de él, y lo hallé muy tierno."

Con este motivo le habló tambien de un melon del mismo valle de Ica, que pesaba cuatro arrobas y tres libras, y del que se tomó fé y testimonio ante escribano!—De este modo cundia el fraude por obra de aquellos mismos que debian atajarlo, y se sorprendia la conciencia pública hasta en los documentos auténticos.