Lo cierto es que obligada

de su persecución, la desdichada,

en Ratópolis tuvo su congreso.

Propuso el elocuente Roequeso

echarle un cascabel, y de esa suerte

al ruido escaparían de la muerte.

El proyecto aprobaron uno a uno.

¿Quién lo ha de ejecutar? Eso, ninguno.

—Yo soy corto de vista. —Yo, muy viejo.

—Yo, gotoso—, decían. El consejo