a un hombre por un enojo,
tan en buen punto pegada,
que le echaron fuera un ojo,
como quien no dice nada.
Preguntóle al cirujano
si el ojo, con el dolor,
perdería; y él, ufano,
le respondió: —No, señor,
que yo le tengo en la mano.
(El doctor Carlino, jornada 2.ª)