la boca, y luego dijesen

si le olía bien o mal.

El que llegaba decía:

—Mal le huele a vuestra alteza.

Y él, con enojo y braveza,

le mataba y le mordía.

Fué la zorra y preguntada

—¿Huéleme mal? —respondió:

—Tengo romadizo yo

y no he podido oler nada.