hasta la ciudad de Atenas;

como era tanto el trabajo,

rogaba a la muerte fiera

que le llevase, diciendo:

—¡Ven, Muerte! Muerte, ¿no llegas?

Oyóle la Muerte un día

y con la armadura seca

se puso al viejo delante;

habló en los huesos sin lengua:

—Dime, ¿qué quieres? —le dijo—.