—Tú, cara de lechuza
—dijo sin aprensión el forastero—,
despáchame ligero,
lléname bien la alcuza.
—Cuando sepas hablar en castellano
—le replicó el hortera—
sabrás que lo que tienes en la mano
se llama la aceitera.
—En toda tierra que garbanzos cría
—contestó el provincial enardecido—