—Irá[{3-1}] á robar á algún muerto. Es el médico—dijo otro.

Entonces cruzó por mi mente la sospecha de[{3-2}] que estaban borrachos, y recobrándome, exclamé con fuerza:

—¡Fuera, canalla! Dejadme paso ó mato[{3-3}] uno.

Al mismo tiempo enarbolé el bastón de hierro que me había regalado un maestro de la fábrica de armas y que acostumbraba á llevar por las noches.

Los hombres, sin hacer caso, siguieron bailando ante mí y ejecutando los mismos gestos desatinados. Pude observar á la tenue claridad que entraba de la calle, que ponían siempre por delante uno como más fuerte ó resuelto, detrás del cual los otros se guarecían.

—¡Fuera!—volví á gritar, haciendo molinete con el bastón.

—¡Ríndete, perro!—me respondieron, sin detenerse en su baile fantástico.

Ya no me cupo duda; estaban ebrios. Por esto y porque en sus manos no brillaba arma alguna, me tranquilicé relativamente. Bajé el bastón, y procurando dar á mis palabras acento de autoridad, les dije:

—¡Vaya, vaya; poca guasa! Á ver si me dejáis paso.

—¡Ríndete, perro! ¿Vas á chupar la sangre de los muertos? ¿Vas á cortar alguna pierna? ¡Arrancarle[{4-1}] una oreja! ¡Sacarle un ojo! ¡Tirarle por las narices!