—¿No tiene V. nada que hacer ahora?
—Absolutamente nada.
—Entonces vamos á pasear: cuando llegue la hora, V. me lleva[{21-2}] á casa y mamá se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si le estorbo ó no le gusta pasear conmigo, dígamelo V... me voy en seguida...
Yo le contesté apretándole el brazo y tirándole suavemente por la mano para encajárselo bien en el mío. Teresa continuó hablando con graciosa volubilidad.
—Parece mentira que seamos tan amigos ¿no es verdad? Yo pensé cuando le dejé caer la muñeca encima que le había matado... ¡Qué miedo tuve! ¡Si V. viera![{21-3}]... Vamos á ver, ¿por qué en lugar de enfadarse se sonrió V. conmigo?
—¡Toma! porque me gustó V. mucho.
—Eso pensaba yo: debí de haberle sido[{21-4}] simpática, porque si no, la verdad es que tenía motivo para ponerse furioso. Todavía cuando V. subió á llevármela estaba muerta de miedo y por eso cerré tan pronto la puerta... ¡Dichosa muñeca! Me dió tal rabia que la tiré contra el suelo y la[{22-1}] partí un brazo.
—Pues no debe V. tratarla mal; al contrario, debe V. conservarla como un recuerdo.
—¿Sabe V. que tiene razón? Si no hubiera sido por la muñeca, no nos hubiéramos conocido... ni sería V. mi novio;... porque tengo otro...
—¿Cómo otro?