—¿Cuántos años tiene V.? Hasta ahora no me lo ha dicho.
—Tengo... tengo... mire V., yo siempre digo que tengo catorce, pero la verdad es que no tengo más que trece y dos meses... ¿y V.?
—¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergüenza.
—¡Ah qué presuntuoso! ¡Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos que pocos![{25-5}]
En seguida me propuso que nos tratásemos de tú,[{26-1}] pero después de aceptado[{26-2}] se volvió atrás ofreciéndome que yo la tratase de tú y ella siguiese con el V. No quise conformarme.
—Pues mire V., yo no puedo hablarle de tú; me da mucha vergüenza... Pero, en fin, vamos á ensayar.
Del ensayo resultó que para evitar el pronombre daba la pobrecilla infinidad de rodeos y se metía en una serie interminable de perífrasis: si se aventuraba á dirigirme un tú, lo hacía bajando la voz y pasando como sobre ascuas.
Cuando empezó el segundo acto, volvió á escuchar atentamente. Mis ojos no se apartaban casi nunca de su rostro: ella entornaba á menudo los suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano. Observé, no obstante, que se había amortiguado un poco la viva expresión de su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del principio.[{26-3}] Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por la cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó á su lindo rostro infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía que en virtud de un misterioso movimiento de su espíritu, la niña se transformaba en mujer en pocos instantes. Dejó de apretar mi mano y hasta retiró la suya: volví á cogerla disimuladamente, pero al poco tiempo la retiró de nuevo.
El segundo acto había terminado. Al bajarse el telón me hizo mirar el reloj, y viendo las once, dijo que era necesario partir en seguida, porque á las once y media, á más tardar, iba el criado á buscarla.
Salimos del teatro. La noche seguía tibia y estrellada: á la puerta aguardaba una larga fila de coches, que nos fué preciso evitar. Ya no había en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo, seguimos las más solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como antes. Entonces me tocó llevar la voz cantante, y le dije al oído mil requiebros y ternezas, explicándola por menudo el amor que me había inspirado y lo que había sufrido en los días en que no pasé por su calle: recordéle todos los pormenores, hasta los más insignificantes, de nuestro conocimiento visual y epistolar, y le di cuenta de los vestidos que le había visto[{27-1}] y de los adornos, á fin de que comprendiese la profunda impresión que me había causado. Nada replicaba á mi discurso; seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable contraste con la que tenía tres horas antes al pasar por los mismos sitios. Cuando me detuve un instante á respirar, exclamó sin mirarme: