Oir esto y caerme de espaldas, todo fué una misma cosa.
El bandido se echó á reir.
Yo me levanté desencajado, me puse de rodillas, y exclamé en todos los tonos de voz que pude inventar:
¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!... ¿Quién no había de conocerte[{33-1}] por ese porte de príncipe real que Dios te ha dado? ¡Y que haya madre que para[{33-2}] tales hijos! ¡Jesús![{33-3}] ¡Deja que te dé un abrazo, hijo mío! ¡Que en mal hora muera[{33-4}] si no tenía gana de encontrarte el gitanico[{33-5}] para decirte la buenaventura y darte un beso en esa mano de emperador!—¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres que te enseñe á cambiar burros muertos por burros vivos?—¿Quieres vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres que le[{33-6}] enseñe el francés á una mula?
El Conde del Montijo no pudo contener la risa...
Luego preguntó:
—Y ¿qué respondió Parrón á todo eso? ¿Qué hizo?
—Lo mismo que su merced; reirse á todo trapo.
—¿Y tú?
—Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las patillas lagrimones como naranjas.