Para ir allá habíamos de pasar un arroyo, que con la mucha agua iba grande.

Yo le dije:

"Tío, el arroyo va muy ancho; mas, si queréis, yo veo por donde travesemos más aína sin nos mojar, porque se estrecha allí mucho y saltando pasaremos a pie enjuto."

Parescióle buen consejo y dijo:

"Discreto eres, por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua y más llevar los pies mojados."

Yo que vi el aparejo a mi deseo, saquéle debajo de los portales y llévelo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba, sobre el cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y dígole:

"Tío, este es el paso más angosto que en el arroyo hay."

Como llovía recio y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua que encima de nos caía, y lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fué por darme del venganza), creyóse de mí y dijo:

"Ponme bien derecho y salta tú el arroyo."

Yo le puse bien derecho enfrente del pilar y doy un salto y póngome detrás del poste, como quien espera tope de toro, y díjele: