Mas como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a más pan aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala muerte, tanto que otra cosa no hacía en viéndome sólo sino abrir y cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que ansí dicen los niños. Mas el mismo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trujo a mi memoria un pequeño remedio. Que, considerando entre mí, dije:

"Este arquetón es viejo y grande, y roto por algunas partes, aunque pequeños agujeros. Puédese pensar que ratones entrando en él hacen daño a este pan. Sacarlo entero no es cosa conveniente, porque verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre."

Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles, que allí estaban, y tomo una y dejo otro, de manera que en cada cual de tres o cuatro desmigajé su poco. Después, como quien toma grajea, lo comí y algo me consolé. Mas él, como viniese a comer y abriese el arca, vio el mal pesar, y sin duda creyó ser ratones los que el daño habían hecho, porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos lo suelen hacer. Miró todo el arcaz de un cabo a otro, y viole ciertos agujeros por do sospechaba habían entrado. Llamóme, diciendo:

"¡Lázaro!, ¡mira!, ¡mira qué persecución ha venido aquesta noche por nuestro pan!"

Yo híceme muy maravillado, preguntándole qué sería.

"¡Qué ha de ser! dijo él. Ratones, que no dejan cosa a vida."

Pusímonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fué bien, que me cupo más pan que la laceria que me solía dar; porque rayó con un cuchillo toda lo que pensó ser ratonado, diciendo:

"Cómete eso, que el ratón cosa limpia es."

Y así aquel día, añadiendo la ración del trabajo de mis manos, o de mis uñas por mejor decir, acabamos de comer; aunque yo nunca empezaba.

Y luego me vino otro sobresalto, que fué verle andar solícito quitando clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca.