De que vio no le aprovechar nada su remedio, dijo:
"Este arcaz está tan maltratado y es de madera tan vieja y flaca, que no habrá ratón a quien se defienda. Y va ya tal, que si andamos más con él, nos dejará sin guarda. Y aun lo peor, que, aunque hace poca, todavía hará falta faltando y me pondrá en costa de tres o cuatro reales. El mejor remedio, que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha, armaré por de dentro a estos ratones malditos."
Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso, que a los vecinos pedía, contino el gato estaba armado dentro del arca. Lo cual era para mí singular auxilio. Porque, puesto caso que yo no había menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas del queso, que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar del bodigo.
Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que lo comía, dábase al diablo y preguntaba a los vecinos ¿qué podría ser, comer el queso y sacarlo de la ratonera y no caer ni quedar dentro el ratón y hallar caída la trampilla del gato?
Acordaron los vecinos no ser el ratón el que este daño hacía, porque no fuera menos de haber caída alguna vez. Dijóle un vecino:
"En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una culebra, y ésta debe ser, sin duda. Y lleva razón, que, como es larga, tiene lugar de tomar el cebo y, aunque la coja la trampilla encima, como no entra toda dentro, tórnase a salir."
Cuadró a todos lo que aquél dijo, y alteró mucho a mi amo, y dende en adelante no dormía tan a sueño suelto. Que cualquier gusano de la madera que de noche sonase, pensaba ser la culebra, que le roía el arca. Luego era puesto en pie y con un garrote que a la cabecera, desde que aquello le dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. A los vecinos despertaba con el estruendo que hacía, y a mí no dejaba dormir. Ibase a mis pajas y trastornábalas y a mí con ellas, pensando que se iba para mí y se envolvía en mis pajas o en mi sayo. Porque le decían que de noche acaescía a estos animales, buscando calor, irse a las cunas donde están criaturas, y aun mordellas y hacerles peligrar.
Yo las más de las veces hacía del dormido, y en la mañana decíame él:
"Esta noche, mozo, ¿no sentiste nada? Pues tras la culebra anduve y aun pienso se ha de ir para ti a la cama, que son muy frías y buscan calor."
"Plega a Dios que no me muerda, decía yo, que harto miedo le tengo,"