Arrancaron con esto y fuéronse; quedé solo, llevéme el cofín a casa, conté la burla y no quisieron creer que había sucedido así, aunque lo celebraron mucho, por lo cual los convidé para otra noche a verme correr cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la tienda, y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por imposible; y más por estar el confitero—por lo que le sucedió al otro de las pasas—alerta. Vine, pues, y metiendo, doce pasos atrás de la tienda, mano a la espada, que era un estoque recio, partí corriendo, y en llegando a la tienda, dije: "¡Muera!", y tiré una estocada por delante del confitero; él se dejó caer pidiendo confesión, y yo di la estocada en una caja; y la pasé y saqué en la espada, y me fuí con ella. Quedáronse espantados de ver la traza, y muertos de risa de que el confitero decía que le mirasen, que sin duda le habían herido, y que era un hombre con quien había tenido palabras; pero volviendo los ojos, como quedaron desbaratadas al salir de la caja las que estaban al derredor, echó de ver la burla, y empezó a santiguarse, que no pensó acabar. Confieso que nunca me supo cosa tan bien.
En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego venía otra de un tío mío llamado Alonso Ramplón, hombre allegado a toda virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la justicia, pues cuantas allí se habían hecho de cuatro años a esta parte han pasado por sus manos. Verdugo era, si va a decir la verdad; pero un águila en el oficio. Vérsele hacer daba gana de dejarse ahorcar. Este, pues, me escribió una carta a Alcalá, desde Segovia, en esta forma:
CARTA
"Hijo Pablos—que por el mucho amor que me tenía me llamaba así—: las ocupaciones grandes de esta plaza en que me tiene ocupado su majestad no me han dado lugar a hacer esto; que si algo tiene malo el servir al rey, es el trabajo; aunque se desquita con esta negra honrilla de ser sus criados. Pésame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre murió ocho días ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo; dígalo como quien le guindó. De vuestra madre, aunque está viva ahora, casi os puedo decirlo mismo; que está presa en la Inquisición de Toledo; pésame que nos deshonra a todos, y a mí principalmente, que al fin soy ministro del rey, y me están mal estos parentescos. Hijo, aquí ha quedado no sé qué hacienda escondida de vuestros padres; será en todo hasta cuatrocientos ducados; vuestro tío soy; lo que tenga ha de ser para vos. Vista ésta, os podréis venir aquí, que con lo que vos sabéis de latín y retórica seréis singular en el arte de verdugo. Respondedme luego, y entre tanto Dios os guarde. Etc."
No puedo negar que sentí mucho la nueva afrenta; pero holguéme en parte: tanto pueden los vicios en los padres que consuelan de sus desgracias, por grandes que sean, a los hijos. Fuíme corriendo a don Diego, que estaba leyendo la carta de su padre en que le mandaba que se fuese y no me llevase en su compañía, movido de las travesuras mías que había oído decir. Díjome cómo se determinaba ir, y todo lo que le mandaba su padre; que a él le pesaba dejarme, y a mí más. Díjome que me acomodaría con otro caballero amigo suyo para que le sirviese. Yo en esto, riéndome, le dije: "Señor, yo soy otro, y otros mis pensamientos; más alto pico y más autoridad me importa tener, porque si hasta ahora tenía, como cada cual, mi piedra en el rollo, ahora tengo mi padre." Declárele cómo había muerto tan honradamente como el más estirado, y cómo me había escrito mi señor tío el verdugo de esto y de la prisioncilla de mamá; que a él, como quien sabía quien yo soy, me pude descubrir sin vergüenza. Lastimóse mucho, y preguntóme qué pensaba hacer. Dile cuenta de mis determinaciones; y con esto, al otro día él se fue a Segovia harto triste, y yo me quedé en la casa disimulando mi desventura. Quemé la carta, porque, perdiéndoseme, acaso no la leyese alguno, y comencé a disponer mi partida para Segovia con intención de cobrar mi hacienda y conocer mis parientes, para huir de ellos.
Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado. Dios sabe lo que sentí el dejar tantos amigos y apasionados, que eran sin número. Vendí lo poco que tenía, de secreto, para el camino, y con ayuda de unos embustes hice hasta seiscientos reales. Alquilé una mula y salíme de la posada, adonde no tenía que sacar más de mi sombra. ¿Quién contará las angustias del zapatero por lo fiado, las solicitudes del ama por el salario, las voces del huésped de la casa por el arrendamiento? Uno decía: "Siempre me lo dijo el corazón." Otro: "Bien me decían a mí que éste era un trampista." Al fin, yo salí tan bienquisto del pueblo, que dejé con mi ausencia a la mitad dél llorando y a la otra mitad, riéndose de los que lloraban.
Ibame entreteniendo por el camino considerando en estas cosas, cuando, pasado Torote, encontré con un hombre en un macho de albarda, el cual iba hablando entre sí con muy gran prisa, y tan embebecido, que, aun estando a su lado, no me veía. Salúdale, y saludóme; pregúntele dónde iba, y después que nos pagamos las respuestas comenzamos a tratar de si bajaba el turco y de las fuerzas del rey. Comenzó a decir de qué manera se podía ganar la Tierra Santa, y cómo se ganaría Argel; en los cuales discursos eché de ver que era loco repúblico y de gobierno. Proseguimos en la conversación propia de picaros, y vinimos a dar, de una cosa en otra, en Flandes. Aquí fue ello, que empezó a suspirar y decir: "Más me cuestan a mí esos estados que al rey, porque ha catorce años que ando con un arbitrio que, si como es imposible, no lo fuera, ya estuviera todo sosegado." "¿Qué cosa puede ser—le dije—que, conviniendo tanto, sea imposible y no se puede hacer?" "¿Quién dice a vuestra merced—dijo luego—que no se puede hacer? Hacerse puede, que ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar pesadumbre a vuestra merced, le contara lo que es; pero allá se verá, que ahora lo pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le doy al rey modo de ganar a Ostende por dos caminos." Roguéle que los dijese, y, sacándole de las faldriqueras, me mostró pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y dijo: "Bien ve vuestra merced que la dificultad de todo está en este pedazo de mar; pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de allí." Di yo con este desatino una gran risada; y él, mirándome a la cara, me dijo: "A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto; que a todos les da gran contento." "Ese tengo yo por cierto—le dije—de oír cosa tan nueva y tan bien fundada; pero advierta vuestra merced que ya que chupe el agua que hubiere entonces, tornará luego la mar a echar más." "No hará la mar tal cosa, que lo tengo yo eso por muy apurado—me respondió—; fuera de que yo tengo pensada una invención para hundir la mar por aquella parte doce estados."
No le osé replicar, de miedo que me dijese que tenía arbitrio para tirar el cielo acá abajo: no vi en mi vida tan gran orate. Decíame que Juanelo no había hecho nada; que él trazaba ahora de subir toda el agua del Tajo a Toledo de otra manera más fácil: y sabido lo que era dijo que por ensalmo. ¡Mire vuestra merced quién tal oyó en mundo! Y, al cabo, me dijo: "Y no lo pienso poner en ejecución si primero el rey no me da una encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy honrada." Con estas pláticas, y desconciertos llegamos a Torrejón, donde se quedó, que venía a ver una parienta suya.
Yo pasé adelante, pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y en hora buena, desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a pie que, mirando un libro, hacía unas rayas que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía mil cosas saltando. Yo confieso que entendí por gran rato—que me paré desde algo lejos a verlo—que era encantador, y casi no me determinaba a pasar. Al fin me determiné, y, llegando cerca, sintióme; cerró el libro, y al poner el pie en el estribo resbalóse y cayó. Levántele, y díjome: "No tomé bien el medio de proporción para hacer la circunferencia al subir." Yo no entendí lo que me dijo, y luego temí lo que era, porque más desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a Madrid por línea recta, o si iba por camino circunflejo. Y yo, aunque no le entendí, le dije que circunflejo. Preguntóme cúya era la espada que llevaba al lado; respondíle que mía y, mirándola, dijo: "Esos gavilanes habían de ser más largos para reparar los tajos que se forman sobre el centro de las estocadas." Y empezó a meter una parola tan grande, que me forzó a preguntarte qué materia profesaba. Díjome que él era diestro verdadero, y que lo haría bueno en cualquiera parte. Yo, movido a risa, le dije: "Pues en verdad que por lo que yo vi hacer a vuestra merced en el campo, que más le tenía por encantador, viendo los círculos." "Eso—me dijo—era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo con el compás mayor, continuando la espada, para matar sin confesión al contrario, porque no diga quién lo hizo, y estaba poniéndolo en términos de matemática." "¿Es posible—le dije yo—que hay matemática en eso?" Dijo: "No solamente matemática, mas teología, filosofía, música y medicina." "Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte." "No os burléis—me dijo—, que ahora aprendéis la limpiadera contra la espada, haciendo los tajos mayores que comprehendan en sí las espirales de la espada." "No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni grande." "Pues este libro las dice—me respondió—, que se llama Grandezas de la espada, y es muy bueno y dice milagros. Y, para que lo creáis, en Rejas, que dormiremos, esta noche, con dos asadores me veréis hacer maravillas; y no dudéis que cualquier que leyere en este libro matará a todos los que quisiere." "O ese libro enseña a ser pestes a los hombres, o lo compuso—dije yo—algún doctor." "¿Cómo doctor? Bien lo entiende—me dijo—; es un gran sabio, y aún estoy por decir más."
En estas pláticas llegamos a Rejas. Apeámonos en una posada y, al apearnos, me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con las piernas, y que, reduciéndolas a líneas paralelas, me pusiese perpendicular en el suelo. El huésped me vio reír y se rió. Preguntóme si era indio aquel caballero, que hablaba de aquella suerte. Pensé con esto perder el juicio. Llegóse luego al huésped, y díjole: "Señor, déme vuestra merced dos asadores para dos o tres ángulos, que al momento se los volveré." "¡Jesús!—dijo el huésped—. Déme acá vuestra merced los ángulos, que mi mujer los asará, aunque aves son que no las he oído nombrar." "Que no son aves—dijo volviéndose a mí—.¡Mire vuestra merced lo que es no saber! Déme los asadores, que no los quiero sino para esgrimir; que quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy que todo lo que ha ganado en su vida." En fin, los asadores estaban ocupados, y hubimos de tomar dos cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un salto, y decía: "Con este compás alcanzo más y gano los grados del perfil; ahora me aprovecho del movimiento remiso para matar el natural; ésta había de ser cuchillada y ésta, tajo." No llegaba a mí desde una legua, y andaba alderredor con el cucharón; y como yo me estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale, estando al fuego. Díjome: "Al fin, esto es lo bueno, y no las borracheras que enseñan estos bellacos maestros de esgrima, que no saben sino beber!"