De joven madre al inocente niño,

Copia de su hermosura:

Y más amargo que el adiós postrero

Que al suelo damos, donde el sol primero

Alumbró nuestra vida.

Nombre que halaga y halagando mata;

Nombre que hiere —como sierpe ingrata—

Al pecho que le anida.

¡No, no lo envíes, corazón, al labio!...

¡Guarda tu mengua con silencio sabio!