—Yo no pongo morir. —¡Qué hombre de hielo!

¡Quién supiera escribir!

II

¡Señor Rector, señor Rector! en vano

Me queréis complacer,

Si no encarnan los signos de la mano

Todo el ser de mi ser.

Escribidle, por Dios, que el alma mía

Ya en mí no quiere estar;

Que la pena no me ahoga cada día...