LA FLORESTA ENCANTADA
Saliendo un día don Duardos, príncipe de Inglaterra, a monte a la floresta del Desierto, llevando consigo a Flérida, su joven esposa, hija del emperador de Grecia Palmerín, mandó asentar sus tiendas en un verde prado, junto de una ribera que por allí corría, que con sus corrientes y claras aguas consolaba los corazones tristes.
No pasó mucho tiempo después que allí llegaron, que hacia la parte do la floresta se hacía mayor, comenzó a sonar la vocería de los monteros, e yendo don Duardos hacia aquella parte, vió un puerco grande, que, acosado de los perros, trasponía por un recuesto; mas él, fiándose en la ligereza de su caballo, le siguió de manera que en pequeño trecho le alcanzó de vista y los suyos le perdieron a él. Los que seguían a don Duardos fueron por el rastro en cuanto la claridad del día les duró; mas como les fué faltando, la escuridad les hizo desatinar de manera que perdieron el rastro.
Don Duardos, enlevado en el gusto de la caza y olvidado de cualquier peligro que de allí se pudiese suceder, siguió tanto tras el puerco, hasta tanto que el caballo de cansado no se podía menear; entonces se apeó dél, y quitándole el freno, le dejó pacer de la yerba para que tomase algún esfuerzo, y se acostó al pie de un árbol pensando dormir algún poco; mas viniéndole a la memoria con cuánta pena Flérida estaría por su tardanza, nunca pudo reposar, pasando en esto y en otras imaginaciones hasta la mañana.
Al otro día, caminó hacia aquella parte que a su parecer su gente quedara; mas su camino era tan apartado, que cuanto más caminaba, más se alongaba della, y desta manera anduvo hasta tanto que el sol se quería poner, que se halló en un campo verde, cubierto de deleitosos árboles, tan altos, que parecían tocar las nubes; por medio dellos pasaba un río de tanta agua, que en nenguna parte parecía haber vado, y tan clara, que quien por junto a la orilla caminaba podía contar las guijas blancas que en el suelo parecían; y como la tarde fuese serena, y los árboles con gracioso aire se meneasen, juntamente con el cantar de las aves de que los árboles estaban poblados, caminó por el río abajo tan transportado y desacordado de sí, que soltando las riendas al caballo, le guió para aquella parte para donde su fortuna le tenía ordenado, y así anduvo tanto, hasta que le puso al pie de una torre que en medio del río, encima de una gran puente estaba edificada, bien obrada y fuerte, y allende desto muy hermosa para mirar de fuera y mucho más para recelar los peligros de dentro; la entrada della, así de la una parte como de la otra, era por la puente, la cual era tan ancha, que se podían combatir en ella cuatro caballeros. Don Duardos, recordando de su desacuerdo, y viendo la novedad del castillo y fortaleza dél, llamó a unas aldabas de hierro que en la puerta estaban.
No tardó mucho que en las almenas se paró un hombre, que, por lo ver desarmado, le fué luego a abrir. Al cual preguntó cúyo era aquel castillo. El portero le respondió que subiese arriba, que allá se lo dirían, y como su corazón no temió los peligros antes que los viese, perdido todo temor, entró en el patio, y de ahí subió a una sala, donde fué recebido de una dueña, que en su presencia representaba ser persona de merecimiento. Don Duardos, después de hacelle la cortesía que le pareció necesaria, le dijo:
—Señora, estoy tan espantado de lo que aquí veo, que quería saber de vos quién sois y cúya es esta casa tan encubierta a todos y tanto para no encubrirse a nenguno.
La dueña le tomó por la mano, y le llevó a una ventana que sobre el río caía, diciendo:
—Señor don Duardos, la fortaleza y el dueño della está toda a vuestro servicio; reposá aquí esta noche, que por la mañana sabréis lo que deseáis.
No tardó mucho que llamaron a cenar, siendo tan bien servido como lo pudiera ser en casa del rey su padre; de ahí le llevaron a una cámara, donde había de dormir, en la cual estaba una cama tan bien obrada e rica, que parecía más para ver que para ocuparla en aquello para que fué hecha. Don Duardos se acostó, espantado de lo que vía; aunque pensar en Flérida no le dejase descansar, el trabajo pasado le hizo bien dormir. La señora del castillo, que no esperaba otra cosa, viéndole vencido y ocupado del sueño, mandó a una doncella, que en la cámara entró, tomar la su muy rica espada que traía siempre consigo, que la tenía a la cabecera, y después de tomada, sintiendo que su deseo podía venir a lo que siempre deseara, dijo a otra: