No tardó mucho que por la ribera de aquella playa vió venir una doncella encima de su palafrén muy negro, vestida de la mesma color. Llegándose a Pridos, le tomó por la rienda, diciendo:

—Señor caballero, esforzad, que esa gran tristeza no puede guarecer a lo que buscáis. Sabed que don Duardos es vivo, puesto que no está en su libertad, ni saldrá tan presto de la prisión en que lo tienen; decid a Flérida que se consuele, y que tenga por muy cierto que esto todo vendrá a muy buen fin. Porque la soledad que agora comenzará a sentir se le tornará en mayor alegría.

Aun bien no acababa de decir estas palabras, cuando, dando del azote al palafrén, ella y él desaparecieron.

Pridos tornó con esta nueva donde Flérida estaba, la que, puesto que con ella le certificaba don Duardos ser vivo, quedó más triste de lo que antes estaba.

Y como pocas veces una pasión venga sola, con este acidente le dieron dolores de parto, y porque también ya el tiempo era llegado, sin mucho trabajo parió dos hijos, tan crecidos y hermosos que en aquella primera hora parecía que daban testimonio de lo que después hicieron. Las damas los tomaron, y envolviéndolos en ricos paños, se los presentaron delante, creyendo que con la vista dellos mitigaría la pena; Flérida los tomó en sus brazos con amor de madre; con palabras de mucha lástima decía:

—¡Oh hijos sin padre! ¡Cuánto más próspero pensé que vuestro nacimiento fuera! Mas en lugar de las fiestas que él para entonces aparejaba, yo moriré con este dolor y vosotros quedaréis sin él y sin mí y sin edad para sentir tan gran pérdida.

Luego un capellán, que allí estaba, los bautizó. Pusieron nombre al que nació primero Palmerín, que después se llamó de Inglaterra, y al segundo Floriano del Desierto, así por que la floresta en que naciera se llamara del Desierto, como por ser en tiempo que el campo estaba cubierto de flores. Acabado de bauptizar, les dió de mamar, así de la leche de sus pechos como de las lágrimas de sus ojos, porque las que ella vertía eran tantas, que, corriendo por sus mejillas, iban a parar a aquel lugar donde todo se juntaba.

Dice la historia que, estando en esto, llegó hacia aquella parte un salvaje que en aquella montaña vivía. Este se mantenía de la caza de las alimañas que mataba, vestíase de los pellejos dellas, y traía dos leones atados por una trabilla, con los cuales cazaba. Y viniendo aquel día allí, metido entre unas matas espesas, vió el nacimiento de aquellos infantes, y usando de lo que su inclinación brutal le inclinaba, determinó cebar sus leones en aquellas inocentes carnes, porque en todo el día no había cazado, y saliendo de súpito al campo, los que en él estaban, con el miedo, desmampararon a Flérida, escondiéronse entre las matas. El duque de Galez, que muy viejo era y estaba desarmado, no pudo defender que el salvaje no tomase a los niños debajo del brazo, y caminando contra la cueva, se fué sin hacer más daño. Flérida quedó tal, que perdido el sentido no se acordaba de cosa ninguna; perdida la calor natural, parecía más muerta que viva; mas tomando algún tanto en sí por las palabras que le decían, comenzó otro planto de nuevo, deseando mil veces la muerte, porque sólo en ella se halla reposo de todos los males.

CAPÍTULO TERCERO