Tal era el ambiente de entonces, 1896–97, en que ser masón, librepensador ó reformista, era lo mismo que ser filibustero y antiespañol. Y aunque los hechos depusieren lo contrario, no habría remisión. El P. Pablo Pastells mismo, amigo de Rizal, jesuita de los muy liberales, escribía á Retana con respecto á Rizal lo siguiente:
....«Y para refutar sus ideales filibusteros, entre otras, le propuse la demostración de éstas dos tesis: El separatismo es imposible en la ejecución; insostenible en la práctica: y en último resultado contraproducente. Unida á España, recorrerá triunfante Filipinas la senda del verdadero progreso; separada, precipitaráse en el caos de la anarquía, de la esclavitud y del salvajismo. Rehuyó siempre Rizal, á pesar de mis reiteradas instancias y retos, entablar conmigo discusión alguna por escrito sobre este último extremo [del separatismo] por no juzgarse con la independencia necesaria para emitir su pensamiento, durante la deportación, sobre aquel punto. Así fué que nuestra polémica hubo de circunscribirse solamente al asunto religioso. Aproveché este cabo; harto sabía yo que reducido Rizal á la Religión Católica, la cuestión de españolismo se hubiese ventilado luego con mayor facilidad, como consecuencia de sus principios y deberes religiosos».... [Carta de 6 de Enero, 1897].
En otra carta, de 19 del mismo mes y año, sienta la siguiente doctrina: «El error ó herejía de nuestros días, sabe V. muy bien que consiste en emancipar la política de la moral y de la Religión; como si el Dios de la Religión no fuese al propio tiempo el Dios de la Sociedad. Cuando Rizal lamentó que Pañganiban no hubiese podido dar su sangre por la causa, lamentablemente mal lo hizo; si él ofreció otro tanto, no pudo ofrecerlo; y por lo tanto, debió no cumplirlo; y no cumpliéndolo supo hacer lo que debía. Nadie puede rebelarse en conciencia contra la autoridad legítimamente constuída, nos lo dice San Pablo. No hay autoridad que no dimane de Dios; el que resiste á la potestad, resiste á la ordenación de Dios, y los que la resisten adquieren para sí la condenación».
Estas ideas, adicionadas y desarrolladas convenientemente, se exponen con un muy sutil razonamiento, y entonación valiente y solemne, un la Memoria de las Corporaciones religiosas de Manila. En ella se contestan ciertas acusaciones de Blanco ante el Parlamento español.
Ciertamente, Blanco en su Memoria al Senado (1897) transcribe, en los apéndices (págs. 190 al 195), tanto el Oficio del M. R. P. Provincial de Dominicos como el suyo contestando al del Provincial, y donde, de paso, formula graves cargos contra los religiosos, cargos que no recibieron réplica, añade Blanco, aparte otras insinuaciones irónicas que éste ingirió en el cuerpo de su trabajo, referentes á los agustinos Eduardo Navarro y Mariano Gil, cuyo retrato, el de este último, al hacerlo campear como trofeo de gloria en el centro del periódico El Español, hízolo con daño de su sagrado carácter de sacerdote.
Hélos á continuación:
Oficio del M. R. P. Provincial de Dominicos.
Provincia del Santísimo Rosario de Filipinas de la Orden de Predicadores.—Excmo. Sr.: Las noticias que del Padre Vicario Provincial y de otros párrocos de mi Corporación en Cagayán recibo acerca del estado grave en que se encuentra dicha provincia, son, dada la excepcional situación por que atraviesa el archipiélago, de tal importancia, que creo un deber ponerlas en conocimiento de V. E., por si en su elevado criterio juzga conveniente tomarlas en consideración.—Efectivamente, en dicha provincia hay, como debe constar en ese Gobierno general, por lo menos dos logias masónicas y separatistas: una en Aparri y otra en Tuguegarao: aquella compuesta, según referencias de gran crédito, de más de 80 individuos principales de la localidad y de influencia en Cagayán, todos ellos dispuestos, así como los de Tuguegarao, á levantar la provincia en cuanto reciban indicaciones de sus ignorados y misteriosos Jefes, con lo cual conseguirán establecer un nuevo y apartado foco de insurrección que distraiga nuestras tropas y les facilite más la consecuencia de sus malvados intentos: Se dice que en las costas próximas al puerto de San Vicente ha habido alijos de armas; que los negritos flecheros de los montes de Cabo Engaño están convenidos con los laborantes de Aparri para bajar sobre los pueblos cuando se les llame, con objeto de coadyuvar á la rebelión; que en dicho Aparri tienen ya los laborantes, en sus casas ó en las de sus dependientes, armas dispuestas para el caso de la sublevación; que se vió hace tiempo en aguas de dicho cabo un vapor sospechoso, del que se cree hizo alijo de armas, pues se halló en el bosque inmediato á la playa un bote sin quilla, de estructura no acostumbrada allí, con 10 remos, á propósito para acercarse mucho á tierra, el cual bote lo recogieron los señores Astigarraga, madereros de aquella comarca, coincidiendo ésto con la boya que se recogió en las costas de Palanan y con los frecuentes viajes que en bancas, dichas allí taculis, hacía la gente del Sr. Macanaya, muy tildado de laborante, doblando el Cabo Engaño sin motivo racional que explique dichos viajes.—A esto se agrega que el Gobernador civil de la provincia, á pesar de las repetidas veces que se le han expuesto estas noticias, y no dando importancia á los clamores de la colonia peninsular, no ha tomado medida alguna para impedir cualquier movimiento en la provincia, no ha recogido las armas á las personas tildadas y se ha negado á gestionar eficazmente el armamento de los peninsulares, que se lo pedían con insistencia. Unido ésto á que él mismo, según referencias, se ha confesado masón, y, por lo tanto, no puede estar á la altura de las presentes circunstancias; á que no se pone de acuerdo con el elemento peninsular, ni se entiende para nada con los párrocos, y, en cambio, en comunicaciones, pidiendo nombres de sospechosos, se dirige solo á un Capitán municipal como el de Aparri, D. Pedro Alvarado, conocido masón, motiva gran desconfianza y fomenta la intranquilidad y los temores en la provincia, de suerte que algunas familias de los peninsulares y extranjeros han abandonado la cabecera y refugiádose en Aparri para más fácilmente coger un vapor que los ponga á salvo.—Añádase á ésto que, hallándose tan lejos del centro de las islas esta provincia, y pudiendo fácilmente los separatistas, que son allí ricos é influyentes, en el triste caso de ocurrir un movimiento, cerrar la barra de Aparri, la insurrección se extendería por todas las provincias del Valle, se nos impediría la entrada por mar á aquellas vastas y ricas comarcas, á las que por otro lado tan fácil es que de las costas del Japón ó del Norte de América se verifiquen desembarcos de armas, como se han verificado ya en otras partes del archipiélago. Llegado este caso, no inverosímil, y que debe prevenirse, la pacificación de Cagayán resultaría sumamente difícil y costosa, cuando no imposible.—Noticias son éstas de cuya certidumbre, en cuanto á los detalles, atendida la índole de las mismas y el secreto con que los laborantes trabajan, no se puede responder, pero que demuestran desde luego que en Cagayán hay elementos que se agitan contra la madre Patria, aunque la masa de la población es fiel y leal, razón de más para que á tiempo se tomen precauciones que imposibiliten su defección; que en esta provincia, por su distancia de Manila, por la extensión de su territorio y de sus costas, es mayor y más temible el peligro que en otras partes, y que el actual Gobernador Civil de la misma, según la opinión general, dado su proceder hasta el presente, no reune condiciones para impedir que la rebelión levante su cabeza.—El envío á las provincias del Valle de algún cañonero que guarde la barra del Ibanang y vigile las costas para evitar desembarcos muy posibles de armas, y á la vez de una compañía de soldados que se sitúen en Aparri, Tuguegarao é Ilagan, puntos céntricos de aquel territorio; el adoptar disposiciones de cierto rigor, suavizado por la prudencia, para contener los trabajos de los laborantes, privándoles de los medios de conspirar y rebelarse, y el nombramiento de un Secretario del Gobierno de la misma, porque la persona que ahora tiene dicho cargo, por sus ideas y proceder, no es el más á propósito para estos momentos de prueba, son medidas que la opinión de los Padres y de los peninsulares de aquella comarca reclaman, pero que el Provincial que suscribe no se atreve á pedir á V. E., concretándose á manifestárselo, por si las creyera dignas de tomarse en cuenta y dispusiera de medios bastantes para realizarlas.—Es cuanto, en previsión de lo que ocurrir pudiera en la provincia de Cagayán, y haciéndome eco de los informes que sobre la misma tengo, debo manifestar á V. E.—Dios, etc.—Manila, 24 de Noviembre de 1896.—Excmo. Sr. F. Bartolomé Alvarez del Manzano, Provincial de Dominicos.—Excmo. Sr. Gobernador Capitán General de Filipinas.
Oficio del Gobernador General al M. R. P. Provincial de Dominicos.
Gobierno general de Filipinas.—Recibo la atenta comunicación de V. R., fecha 24 del corriente, en la que, con referencia á los informes del Rvdo. P. Vicario Provincial y de otros párrocos de su respetable corporación en Cagayán, se sirve darme noticia del estado en que se encuentra aquel territorio, que, dada la excepcional situación por que atraviesa el archipiélago, considera gravísimo, creyendo de su deber ponerlo en mi conocimiento.—Esta es la primera vez que recibo de V. R., ni de ningún otro Padre Provincial de las distintas órdenes religiosas comunicación oficial alguna relativa á asuntos políticos del archipiélago, á pesar del indiscutible derecho que para hacerlo les asiste, no solo por el conocimiento que del país deben tener, y tienen indudablemente, sino por las funciones que en la administración de estas provincias se les señala tradicionalmente.—Por cierto, Rvdo. P. Provincial, y le ruego me dispense esta pequeña digresión, que si en vez de valerse de la crítica, de la murmuración y de la pública censura, se valieran las comunidades religiosas de ese medio, que siempre tienen expedito, y que, además de ser perfectamente legal, es natural y lógico, ganarían mucho, á no dudarlo, el gobierno de estos pueblos, el principio de autoridad, en cuyo desprestigio nada va ganando tampoco el elemento religioso, y el buen nombre de las mismas corporaciones, que tan alta deben conservar en todo tiempo su secular y bien cimentada reputación de virtud y nobleza.—Consecuente con esos principios, y agradecido, como no puedo menos de estarlo, de los avisos y apreciaciones contenidos en el escrito de V. R., reitero las órdenes que tengo ya comunicadas para extremar la vigilancia en la provincia de Cagayán, prevengo á la Comandancia general de la escuadra la necesidad de enviar á aquellas costas un cañonero que las vigile y guarde la barra del Ibanang, siendo grato para mí, en cuanto á este asunto se refiere, manifestarle que la boya por allí no hace mucho aparecida se cree fuese una fondeada y perdida en un temporal por el cuerpo de Obras Públicas, que la situó cerca del faro para facilitar el servicio de los vapores que aprovisionaban á los torreros.—Así mismo me propongo enviar á Cagayán un fuerte destacamento que, convenientemente distribuído y colocado, asegure el orden en el territorio, inspirando confianza á sus honrados y leales habitantes.—Por lo que toca al actual Gobernador de la provincia, habían llegado ciertamente hasta mí rumores poco favorables; pero las noticias que V. R. me comunica, la opinión que tanto á V. R. como á los demás Padres de la provincia merece, y la filiación masónica que se le atribuye, gravísima siempre, pero mucho más en estas circunstancias, son motivos más que suficientes para relevarle de su cargo, como me propongo también hacerlo muy en breve.—Lo digo á V. R. como resultado de su precitado oficio, esperando no será ésta la única vez en que me haga presente cuanto al mejor servicio del Estado crea oportuno y conveniente, seguro de que por mi parte he de atenderlo siempre con el interés y la preferencia que merece su respetable origen.—Dios, etc.—Manila, 27 de Noviembre de 1896. Ramón Blanco.—M. R. P. Provincial de Dominicos.—Manila.