Solos, con nuestra razón y nuestro derecho, aunque con la conciencia satisfecha, de haber cumplido siempre, pero siempre, nuestros deberes, de haber sido tanto ó más patriotas como el mejor, y de haber llenado las obligaciones de nuestro sagrado ministerio, hemos soportado en silencio y con toda paciencia, siguiendo el consejo del Apóstol, que se nos insultara y vilipendiara, incluso por personas á quienes habíamos ofrecido con cristiana sinceridad nuestro cariño y obsequios, incluso por personas que diciéndose muy católicas, pero que contagiadas, acaso, con el jansenismo práctico de algunos reformistas de ahora, olvidan la sentencia de aquel gran emperador cristiano que dijo, que si viera á un sacerdote caído en algún desliz, le cubriría con su capa antes que publicar su flaqueza.

Solos, con nuestra razón y nuestro derecho, y creídos de que al fin la razón se abriría camino, y que brillaría la luz tras de las espesas tinieblas acumuladas por el odio de secta, por el espíritu separatista, y por la ligereza, envidia y falso celo de algunos, hemos sufrido que en el Parlamento se hicieran el año pasado indicaciones poco honrosas á las Ordenes; que se afirmara, no solo en privado, sino en centros de mucha resonancia, y por personas de gran séquito en la política militante, que los prestigios religiosos de Filipinas estaban de tal manera quebrantados, que era preciso sustituírlos con la fuerza armada; que se propalara como una censura deshonrosa para un gran político, sacrificado por el anarquismo, el haber acudido á las Ordenes en busca de luz y consejo para los asuntos filipinos; que en una memoria elevada al Senado se nos dirigieran, así como á un dignísimo Prelado, graves acusaciones, aunque veladas con ciertas apariencias de imparcialidad y suave corrección; que un día y otro se clamara en diferentes tonos, y con mayor ó menor crudeza, por que se reprodujera en las Islas el período histórico peninsular de 1834–40, y por que se adoptaran con nosotros medidas tan radicales, que no se toman, ¡y da vergüenza el consignarlo!, ni con los centros de pública inmoralidad, ni con las sociedades y empresas que no tienen otro fin que descatolizar á la nación y sembrar en ella los gérmenes de todos los trastornos sociales.

Por qué han guardado hasta aquí silencio.

Creíamos y pensábamos que para personas discretas y buenas debería bastar nuestra cordura y largo silencio, adornado de los caracteres de prudencia y magnanimidad que deben tener siempre los Institutos religiosos, para que desde luego rechazaran esas acusaciones, y formasen juicio de que no hacían mella en nuestro crédito y prestigio esos repetidos ataques. Supusimos que esa campaña de diatribas y reproches se desvanecería por fin como nube de verano, formada con los humos de las fraguas de la masonería y el filibusterismo.

Pero la tormenta, en vez de disiparse, parece tomar incremento cada día. La paz de Biac-na-bató ha vuelto á poner en boca de muchos la astuta afirmación, hecha ahora por los cabecillas, de que los Institutos Regulares han sido la única causa de la insurrección. El carbonario Katipunan, que como terrible plaga sigue extendiéndose en las Islas, ha fijado por orden de su gran Oriente, entre los primeros artículos de su programa de odio de raza, la extinción de los Religiosos. En la Península, y aquí, los masones y cuantos de un modo ú otro los secundan, han recrudecido su guerra contra nosotros. En Madrid se han publicado manifiestos en los que abusando del nombre de Filipinas se piden medidas grandemente deshonrosas y vejatorias para el Clero; y hasta en el ministerio de Ultramar, siquier oficiosamente, han logrado introducirse personas que, perseguidas como infidentes por los Tribunales, no ocultan su animadversión á las Corporaciones Religiosas. Y si en vista de todas estas circunstancias continuáramos callados, nuestro silencio se tomaría con razón por cobardía ó argumento de culpabilidad, nuestra paciencia se calificaría de debilidad, y hasta las personas sólidamente católicas y sensatas, que reconocen lo injustificado de los ataques que se nos dirigen, podrían con motivo discurrir que estábamos manchados, ó que habíamos llegado á tal estado de postración que impunemente se nos podía atropellar y conculcar, como si en realidad de verdad fuéramos entidades viejas y podridas cuya decadencia es próximo síntoma de muerte.

Prius mori, quam fœdari, dijeron los antiguos; y los fidelísimos Macabeos: Más vale morir en el combate que ver el exterminio de nuestra nación y del santuario, Mientras las Corporaciones existan, tendrán á gala, como es su deber, repetir con San Pablo: Quamdiu sum Apostolus, ministerium meum honorificabo. Hemos procurado honrar siempre nuestro ministerio, y lo seguiremos honrando ahora y en lo sucesivo, con la gracia de Dios, que confiamos no nos ha de faltar; y por eso no vacilamos en dirigirnos hoy á los altos Poderes de la Nación, abrigando la confianza de que si somos pobres y desvalidos, y no tenemos otro amparo que nuestra limpia historia, nuestra honra inmaculada y nuestros indiscutibles derechos, hablamos á personas en quienes la ilustración y la sensatez se hermanan con la hidalguía de sentimientos, siempre pronta á atender principalmente al pobre y al débil, y en quienes el respeto y cariño á las instituciones católicas y al por tantos títulos glorioso y benemérito Clero Regular de Filipinas, las ponen á cubierto de las sugestiones de las sectas y de los prejuicios de los partidos anticlericales y separatistas.

Son perseguidas por su significación religiosa.

¿Qué motivo han dado las Corporaciones Religiosas de Filipinas para ser con tanta saña perseguidas? ¡Ah! Excelentísimo Señor, ese motivo no es otro que el ser muy católicas, el ser muy españolas, el ser eficazmente sostenedoras de la buena y sana doctrina, y el no haberse jamás mostrado débiles con los enemigos de Dios y de la Patria. Si los Religiosos no defendiéramos aquí con fortaleza inquebrantable la obra secular que nos legaron nuestros padres; si nos hubiéramos encogido de hombros ante el trabajo de las logias y y ante la propaganda de errores religioso-políticos que de Europa nos han venido; si hubiéramos dado la más insignificante muestra, ya que no de simpatía, por lo menos de muda pasividad, á los defensores de las falsas libertades modernas, condenadas por la Iglesia; si se hubiera entibiado en nosotros la llama del patriotismo, y en cada Religioso filipino no hubieran encontrado los novadores un intransigente y terrible adversario de sus planes, francos ó embozados, jamás, Excmo. Sr., las Corporaciones Religiosas hubiéramos sido objeto de la encarnizada persecución que se nos hace: sino que, por el contrario, los Regulares hubiéramos sido puestos en las nubes, tanto más cuanto que no ignoran nuestros enemigos que, dada la influencia que gozamos en el archipiélago, nuestro apoyo, siquiera pasivo y de mero silencio, les hubiera dado indiscutiblemente la victoria.

Pero saben ellos que nuestra bandera no es otra que el Syllabus del gran Pontífice Pío IX, tantas veces confirmado por León XIII, donde tan enérgicamente se condena toda rebelión contra las potestades legítimas: saben que, amantes de la única verdadera libertad, la cristiana, antes moriríamos que consentir, en la parte que nos atañe, que se falte en lo más mínimo á la pureza de las infalibles enseñanzas católicas, á la santidad de las costumbres cristianas, y á la fidelidad integérrima debida á la Nación española; y por eso nos aborrecen; por eso, paliada con diferentes nombres y pretextos, nos hacen tan cruda guerra que no parece sino que en Filipinas no tienen otro enemigo los masones y los filibústeros que las Corporaciones Religiosas. Eso de tal manera nos honra, que muy bien podemos decir con el Príncipe de los Apóstoles: Si sois infamados con el nombre de Cristo, seréis bienaventurados; porgue la honra, la gloria y la virtud de Dios y su Espíritu mismo reposa sobre vosotros. (1 Pet. IV, 14:)

Y por su significación patriótica.