2 Y yo Juan ví la santa ciudad, la Jerusalem nueva, que descendia del cielo,
aderezada de Dios, como la esposa ataviada para su marido.

3 Y oí una gran voz del cielo, que decia: Hé aquí, la morada de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos.

4 Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será mas; y no habrá mas llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas.

5 Y el que estaba sentado en el trono, dijo: Hé aquí, yo hago nuevas todas
las cosas. Y me dijo: Escribe: porque estas palabras son fieles y verdaderas.

6 Y me dijo: Hecho es. Yo soy Alpha y Omega, principio y fin. Al que tuviere
sed yo le daré de balde de la fuente del agua viva.

7 El que venciere, poseerá todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi
hijo.

8 Mas á los temerosos, é incrédulos; á los malditos, y homicidas; á los fornicarios, y hechiceros; á los idólatras, y á todos los mentirosos, su parte será en el lago ardiendo de fuego y de azufre, que es la muerte segunda.

9 Y VINO á mí uno de los siete ángeles, que tenian los siete tazones llenos de las siete postreras plagas, y habló conmigo, diciendo: Ven, yo te mostraré la esposa, mujer del Cordero.

10 Y me llevó en espíritu á un gran monte y alto, y me mostró la grande
ciudad santa de Jerusalem que descendia del cielo de Dios,

11 teniendo la claridad de Dios: y su lumbre era semejante á piedra
preciosísima, como piedra de jaspe, que tira á cristal resplandeciente.