—¡Aparta, falsa creyente, aparta! ¡Tu lengua será cortada y tu cuerpo arrojado á las llamas, que tal pena merece quien aboga por los nazarenos!
É iba á llamar á sus verdugos para entregarles su hija.
Pero Casilda cayó de nuevo á sus pies, demandándole perdón en memoria de su madre.
El pobre moro sintió sus ojos arrasados en lágrimas, y estrechó á su hija contra su corazón, y la perdonó, diciendo:
—Guárdate, hija mía, de pedir otra vez por los cristianos, y aún de compadecerlos, porque entonces no habrá misericordia para ti; que el santo Profeta ha escrito: «Exterminado será el creyente que no extermine á los infieles.»
III
Cantaban los pájaros, era azul el cielo, era el sol dorado, se abrían las flores, y el aura de la mañana llevaba al palacio del rey moro el perfume de los jardines.
Casilda estaba muy triste, y se asomó á la ventana para distraer sus melancolías.
Los jardines le parecieron entonces tan bellos, que no pudo resistir á su encanto y bajó á pasear su tristeza por sus olorosas enramadas.
Cuentan que el ángel de la compasión, en forma de hermosísima mariposa, le salió al paso y encantó su corazón y sus ojos.