—Pero yo no hago daño á nadie.
—Está V. impidiendo el tránsito. Adelante, adelante, si no quiere V. ir á la prevención....
Retiróse á su zahurda el pobre Juan.... Había ganado cinco reales y un perro grande. Con este dinero comió al día siguiente, y pagó el alquiler del miserable colchón de paja en que durmió. Por la noche tornó á salir y á cantar trozos de ópera y piezas de canto: vuelta á reunirse la gente en torno suyo y vuelta á intervenir la autoridad gritándole con energía:—Adelante, adelante.
¡Pero si iba adelante no ganaba un cuarto, porque los transeuntes no podían escucharle! Sin embargo, Juan marchaba, marchaba siempre.... Su situación era ya desesperada. Sólo un punto luminoso seguía viendo tenazmente el desgraciado entre las tinieblas de su congojoso estado: este punto luminoso era la llegada de su hermano Santiago. Todas las noches, al salir de casa con la guitarra colgada del cuello, se le ocurría el mismo pensamiento:—«Si Santiago estuviese en Madrid y me oyese cantar, me conocería por la voz.» Y esta esperanza, mejor dicho, esta quimera, era lo único que le daba fuerzas para soportar la vida.
Llegó otro día, no obstante, en que la angustia y el dolor no conocieron límites. En la noche anterior no había ganado más que seis cuartos. ¡Había estado tan fría! Amaneció Madrid envuelto en una sábana de nieve de media cuarta de espesor, y todo el día siguió nevando sin cesar un instante....
Juan no había tomado más alimento que una taza de café de ínfima clase y un panecillo.... Pasó el día acurrucado sobre el colchón, recordando los días de la infancia y acariciando la dulce manía de la vuelta de su hermano. Al llegar la noche, apretado por la necesidad, desfallecido, bajó á la calle á implorar una limosna. Ya no tenía guitarra; la había vendido por tres pesetas en un momento parecido de apuro....
Seguía cayendo la nieve pausada y copiosamente.... Los transeuntes que casualmente cruzaban lo hacían apresuradamente, arrebujados en sus capas y tapándose con el paraguas. Los faroles se habían puesto el gorro blanco de dormir, y dejaban escapar melancólica claridad. No se oía ruido alguno si no era el rumor vago y lejano de los coches, y el caer incesante de los copos como un crujido levísimo y prolongado de sedería. Sólo la voz de Juan vibraba en el silencio de la noche....
Al fin ya no pudo cantar más: la voz expiraba en la garganta; las piernas se le doblaban; iba perdiendo la sensibilidad en las manos. Dió algunos pasos y se sentó en la acera al pie de la verja que rodea el jardín. Apoyó los codos en las rodillas y metió la cabeza entre las manos. Y pensó vagamente en que había llegado el último instante de su vida; y volvió á rezar fervorosamente implorando la misericordia divina.
Al cabo de un rato percibió que un transeunte se paraba delante de él y se sintió cogido por el brazo. Levantó la cabeza, y sospechando que sería lo de siempre, preguntó tímidamente:
—¿Es V. algún guardia?