El tío Bartolo rezó la Oración, y después un Padre nuestro.
(From Lucas García.)
III
(The scene is in the home of a poor peasant, at Valdeflores, a small village in the mountains of southern Spain.)
La casa era, como el corto número de las que componían la aldea, construida con muros de piedra, sin mezcla que las uniese, ni revoque que las cubriese, y cobijada con un techo de aneas. El interior lo formaba, como las granjas del Norte, una sola y vasta pieza; en el testero había un hogar para fuego de leña, que servía de cocina, de estrado y de comedor. Á ambos lados del fogón había unas divisiones hechas con tabiques, que servían de dormitorios y de graneros. En la parte opuesta había pesebres para las bestias, saltaderos para las gallinas, y paja fresca para comodidad de los animales, que en el campo son tan constantes y bienhechores compañeros del hombre.
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La escena era doméstica y tranquila, como lo era la vida de los que allí estaban reunidos. Las gallinas, con el bienestar que les producía el calor del sol de abril, y la reciente comida que les había distribuido su buena ama, se entregaban al dulce far niente, habiendo hecho con sus patas hoyos en la tierra, en los que se estiraban y solazaban. Las que tenían pollos, los cobijaban debajo de sus alas, como debajo de un quitasol de plumas. El gallo, apuesto y grave, custodiaba su familia con ojo vigilante—como prudente,—y con erguida cabeza, como guapo. El perro dormía á pierna suelta en el santo suelo, como un soldado en tiempo de paz: la gata se había colocado sobre la camisa que estaba haciendo Estefanía, resguardando su fino calzado y su traje limpio con la conocida pulcritud de su casta.... Hasta las golondrinas,—arquitectas, que como amigas de las casas pacíficas y felices, acudían allí en gran número,—callaban su pico, por traerle ocupado con la mezcla. Así era que sólo se oía el ruido que producía la olla al hervir en el hogar, y el que hacían los dientes de un mulo al tomar su pienso en el pesebre; cuando se alzó suave y clara la voz de Estefanía cantando la dulce y triste tonada de la nana, que muchas personas, así cultas como no cultas, no pueden oir sin que involuntariamente se les llenen los ojos de lágrimas.