La censura, pues, a Urquiza comienza con una página adversa a su amigo, a quien llama “Mi querido Alberdi”.

La “Campaña en el Ejército Grande” se inicia con la Introducción, que es otro golpe indirecto a Alberdi, y entra luego, como diario de un viaje, a referir impresiones de los distintos puntos y accidentes por que ha tenido que pasar, desde su salida de Chile hasta la “fuga” de Buenos Aires, después de Caseros.

En forma amena, pero falta de cohesión, va dejando escapar sus sentimientos y reflexiones sobre los hombres y los sucesos que le salen al encuentro, destacando siempre de la interesante narración su figura en primer término.

Sin constituir una crónica de hechos, ni menos un estudio de caracteres, esta producción de Sarmiento, tan rica de matices, puede ser considerada como un auxiliar para la historia de la época o del acontecimiento que comprende, si bien debe cuidarse quien la utilice, del espíritu preconcebido que la mueve. Bajo la pasión demoledora de estas páginas, no obstante, asoma aquí y allá un afecto, un rasgo de admiración, un verdadero aplauso a tal o cual figura determinada, todo ello mezclado con lo anterior, como tintas claras y obscuras, manejadas a un tiempo en un mismo estado de ánimo por un firme pincel. No se ajusta el autor a ningún género dado, como que la soltura sigue siendo su característica; quiero decir que, junto a la descripción de un paisaje, vése un estudio de paralelo; y al lado de una reflexión filosófica, que dá a la oración un corte de discurso moral, interrumpe un diálogo y con éste una narración pintoresca y con ella un apóstrofe y en seguida un retrato y por último una epístola.

De estas páginas, que causan el efecto de hojas diseminadas, Sarmiento lo va diciendo todo muy aprisa, con el único cuidado de no posponer al protagonista ni un instante. Y por ese propio apuro, el protagonista moral y material, nos resulta un extraño ser, un ser inexplicable. De pronto un hombre que tiene miedo a un perro y, al lado, un valeroso crítico del general en jefe, compitiendo con él en volumen político y social, como por ejemplo al adelantarse al Rosario, o al recibir las primeras salutaciones de Palermo. Unas veces el servidor medroso que espera del ayudante una palabra tranquilizadora de parte del superior; otras, el violento discutidor que a voz en cuello censura al padre ante su hijo. De pronto, vestido de pequeño mariscal francés, con plumas en el sombrero, depositando a gritos palabras peligrosas en el oído de las gentes que le salen al paso. Más tarde, sometiéndose a las menores indicaciones del general, con una disciplina rayana en servilismo.

A las impresiones relacionadas con lo que Sarmiento llama su Campaña, están unidos sus juicios referentes a los sucesos que siguieron a la batalla, en la cual, desde luego, no desempeña ningún papel.

“Mi papel de “boletinero” me exoneraba de toda obligación militar con mis jefes, por lo que, así que hubimos de rompernos los cuernos, dejé al general Virasoro con sus edecanes y sus caballos blancos, yo que no andaba muy bien montado, y busqué el batallón oriental que mandaba el coronel Lezica y me coloqué donde no estorbase, con mi ayudante, el capitán Dillon y uno de mis asistentes, pero en lugar bien aparente, precaviéndome contra ciertas bromas que estaba seguro se harían valer contra mí,—el militar con guantes y con levita,—si podían decir que me había perdido.”

En balde será el empeño de hallar en esta producción de Sarmiento las pruebas que justifiquen sus acerbas manifestaciones contra el general Urquiza, a quien llega a examinar hasta en su faz doméstica. Del relato mismo se desprende que éste y todos los jefes que lo acompañan, sólo tuvieron consideración y afecto para con el instable compañero.

“Enrolándome, dice Sarmiento, en el Ejército, tuve ocasión de conocer de cerca el personal de guerra de nuestro país, los jefes más acreditados, los medios de acción y cuanto interesa al publicista, al historiador, al viajero, y al político argentino. Merecí de todos, distinción y aprecio, y reconocí las virtudes, patriotismo, capacidades, y talentos de los hombres que han de figurar más tarde. Déboles a todos los jefes y oficiales el más profundo agradecimiento. Fuí siempre atendido por los coroneles Urdinarrain, Palavecino, Basabilvaso y otros de Entre Ríos; considerado por Virasoro y Galán: y sólo con el coronel Pirán tuve reyertas en que nos decíamos ambos las impertinencias de más grueso calibre.”

En lo que se relaciona con el general Urquiza, Sarmiento nos dice que en cierta ocasión le dió mil explicaciones, lo llamó su amigo y se estrecharon varias veces la mano. Hay pasajes en que su devoción por el general Urquiza pasa por entre sus enconos, como la luz por entre los celajes, y en que llega a aplaudir terribles hechos de sangre, tal como en la escena en que traen a la presencia del general vencedor al jefe rosista Santa Coloma, que Urquiza manda degollar por la nuca en castigo de sus víctimas, inmoladas en la misma forma.