La gracia y la novedad del denuesto se traduce en figuras como ésta: “Es una esponja de limpiar muebles que absorbe todas las ideas para volverlas a estrujar y aplicarse a todas las cosas sucias”.

El tono sube:—“Y no ha habido en Valparaíso un hombre de los que pertenecen “a la multitud de frac” que le saque los calzones a ese raquítico, jorobado de la civilización, y le ponga polleras. . .” “Entecado que no sabe montar a caballo”. . . “Abate por sus modales; saltimbanqui por sus pases magnéticos; mujer por la voz; conejo por el miedo; eunuco por sus comparaciones políticas; federal-unitario, ecléctico-panteísta; periodista, abogado, conservador, demagogo”.

Este es Sarmiento de una vez:—“¡Pues, qué! ¿quería mamar a dos tetas?”

Sarmiento vuelve a recuperar el campo como Hércules vencedor. Sus amigos, sus admiradores, los jóvenes, los viejos, sus compatriotas, el resto de emigrados que presenciaban el encuentro desde la sombra del tendido, lanzaron el ¡hurra! del loor ganado. Sarmiento era el representante de la democracia brava frente a la borla doctoral.

¿Y Alberdi? No responde. ¿Dónde está el doctor Alberdi? No es habido en los sitios sociales ni en el foro. ¿Qué le pasa al académico escritor? Su posición es tan ingrata que sus íntimos y correligionarios deciden instarlo a la refriega, pero se hallan con que el metódico trabajador tiene entre manos, en esos mismos instantes, un proyecto de Constitución para su país, que forma el complemento de las “Bases”. Hasta tanto no lo termine, no se enterará de los nuevos ataques de Sarmiento. Vanos fueron los argumentos que se le hicieron para demostrarle la necesidad perentoria de que ensayara la refutación de los cargos y acusaciones de su enemigo implacable. Alberdi . . . Pero estoy cometiendo una falta de probidad y de buen gusto al dar ropaje propio a un relato que ha sido ya hecho por un maestro, por el inolvidable Lucio V. López, que a su vez repite la narración de su ilustre padre, testigo de la época, amigo por igual de Alberdi y de Sarmiento.

Al ocuparse Lucio López de la reimpresión de las “Cartas Quillotanas” en 1873, legó páginas de insuperable mérito, que contienen con la dramaticidad del momento, noticias directas de la psicología de los dos soberbios contendores. Helas aquí:


“Las “Cartas Quillotanas” están destinadas a vivir siempre en la literatura política de nuestro país. Ellas son la más severa lección que se ha dado a la prensa que emplea el dicterio y el insulto para convencer al público y confundir al adversario. Ellas son la protesta más ardiente y victoriosa que puede hacerse contra esa literatura feroz de que la ignorancia vulgar de nuestras sociedades se ha amamantado en las pasadas luchas civiles, creando reputaciones de arcilla e inconsistentes que la justicia severa de los fallos modernos tiene por fuerza que desconocer.

Esas cartas son poco conocidas en Buenos Aires. Hasta hace muy poco, tan sólo las conocíamos por las referencias de sus contemporáneos, y su crónica había llegado hasta nosotros, sin que hubiéramos podido procurarnos las preciosas páginas que las contenían. Es por esto, que no podemos menos de agradecer al editor el verdadero servicio que se ha hecho a las letras argentinas, haciendo de ellas una edición copiosa que, al mismo tiempo que pueda repartirse con profunsión por todos los rincones de la República, sirva para estudiar tranquilamente y sin pasiones mezquinas la índole de ciertos hombres que las injusticias del pasado han tratado de obscurecer.

La historia de las “Cartas Quillotanas” es interesante. Un testigo ocular nos ha narrado su crónica que vamos a tratar de transmitir a nuestros lectores con toda la imparcialidad que nos corresponde.