Si hemos tomado a nuestro cargo la responsabilidad de enseñar, es porque confiamos en nuestras aptitudes; pero tal vez no meditamos suficientemente en el fin de nuestras enseñanzas. De aquí se sigue que nuestros planes de estudios, nuestros programas o nuestros métodos puedan carecer de precisión para orientarnos hacia la utilidad social e individual.
Es urgente distinguir entre la elaboración de la ciencia y su aplicación, o sea entre investigar y hacer. ¿Por qué haríamos un investigador de física cuando sólo necesitamos un electricista? ¿Por qué haríamos un botánico, cuando necesitamos un agricultor? Un electricista deberá convertir su habilidad en dinero: un agricultor lo mismo. Su servicio será para un industrial, particular, sociedad o colectividad, en vista de una retribución correspondiente. ¿Qué haría con el investigador de física o de botánica, el industrial a quien sólo interesara el rendimiento económico más provechoso, si el sabio ocupara su tiempo en adelantar la ciencia en vez de adelantar las entradas en dinero de la industria? Ante el peligro de que la investigación científica arruinase la industria ¿despediría el sabio o, por lo menos, le relegaría a un laboratorio y tomaría un técnico? Lo que digo del físico y del botánico, lo digo también del químico, del médico, del veterinario, del abogado y de cuanto saber debe transformarse en hacer, de cuanta ciencia debe ser arte: arte de curar, se decía de la medicina.
El método de educar para la ciencia y el método de preparar para la profesión, son necesariamente diversos como correspondientes a fines distintos. El primero aspira a la explicación más completa de las cosas; el segundo a la ejecución más perfecta de las obras. La ejecución es más perfecta cuando responde con mayor exactitud al fin deseado, aunque en cualquier caso particular el ejecutor ignore la explicación. Continuando todavía con uno de los ejemplos que he propuesto, la agricultura es fuente de riqueza nacional; la proposición sería de una trivialidad afligente si intentara decir alguna novedad. En ella va contenida la afirmación de ser la agricultura arte de economía; arte de producir riqueza transformada en su signo representativo, la moneda. Cuando diplomamos a un perito agrónomo, no tenemos que certificar sus conocimientos científicos o teóricos en las diversas ciencias que adelantan la agricultura. Se nos pide únicamente que certifiquemos su habilidad para transformar semilla en dinero. Deberá nuestro perito tener esta habilidad; con el menor gasto posible producir la mayor utilidad. No solamente deberá saber cuál es la semilla que produce mejores plantas, sino que es indispensable que sepa cuánto cuesta y dónde se vende, y deberá saber qué precio se obtendrá por los productos. La perfección de este arte no estará, pues, en presentar los frutos más hermosos, según el criterio estético, sino en obtener los de mayor utilidad económica, porque este es el fin del servicio. Una escuela de agronomía es, pues, una escuela económica, destinada a preparar comerciantes de la agricultura, y ella misma debe ser una casa de comercio agrícola, para que sus alumnos puedan ser buenos comerciantes (no demos a la palabra la acepción jurídica) de la industria rural.
Sé que expreso estos pensamientos contrarios a otros que oigo y leo sobre enseñanza agrícola. Tengo desde muchos años en los oídos esta frase de los especialistas más respetables y distinguidos: las escuelas de agricultura son establecimientos de enseñanza y no de producción; a lo cual contesto que deben ser de producción para que se aprenda a producir. Pero declaro que mi interés de este momento no es abrir polémica sobre esta cuestión, sino presentar un ejemplo de demostración lógica, aplicable a cualquier arte, considerada en el único aspecto que indicará el método de enseñarla: su finalidad. Quien acude a un abogado porque tiene un pleito, le interesará que su letrado obtenga el reconocimiento de lo que cree su derecho, le importará poco lo que sepa sobre problemas de reformas legislativas, que correspondan al grado de estudio cuyo objeto es la mejor organización de la sociedad. Lo mismo, quien acude a un médico es para que le cure la enfermedad; le importará poco cuáles sean sus profundos conocimientos en determinada investigación de laboratorio, si no ha visto muchos enfermos y aprendido su arte al lado de quien los asistía y los curaba de modo que él mismo sepa curar... por lo menos las enfermedades curables, las únicas que se curan, como decía el doctor Wilde.
El tema que aquí trato es el mismo que sometí a la Asamblea General de Profesores, en agosto del año pasado; y lo consideraremos de nuevo en la próxima Asamblea General. Me sirve ahora para traerlo hasta algunas de las cuestiones universitarias que parecen haber tomado mayor importancia.
Las ideas corrientes de organización universitaria argentina, sus planes de estudio y métodos, aspiran a hacer principalmente profesionales, o sea técnicos, mediante métodos de investigación científica. No hay distinción positiva, bien clara, entre la preparación para la ciencia y la preparación para la profesión. No tenemos escuelas técnicas, porque la enseñanza técnica está dentro de las mismas universidades, y cuando se encuentra afuera imita los métodos y planes científicos, aspira a igualar con la enseñanza que debería ser puramente científica y no profesional. No es para mí inconveniente que se encuentre dentro de la Universidad lo científico puro y lo profesional, lo elemental y lo superior; pero a condición de que distingamos lo que corresponde a una y otra finalidad de la enseñanza.
Cuando se cita el ejemplo de universidades extranjeras, especialmente alemanas, y se encomia su admirable libertad de enseñar lo que el profesor quiera, y de aprender el alumno lo que quiera, de asistir o de no asistir a clase, de elegir unas materias y no otras, de no dar exámenes, etc., se advierte al mismo tiempo que en aquellas universidades la enseñanza es puramente científica, y que la técnica se da en institutos especiales. He mostrado en otro momento y lo repito ahora, que hay gravísimo error en aplicar aquellas ideas a las universidades argentinas, que no son puramente científicas, sino que proponen a la vez los dos fines de preparación para la ciencia y para la profesión.
Cuando los estudios científicos con educación especial en métodos adecuados y rigurosos, corran por separado de los métodos para la preparación profesional, diremos claramente que no hay exigencia de asistir a clase, ni reglamento de práctica, ni obligación de alumno: quien quisiere aprender asistirá a la enseñanza que pueda darle quien tenga ciencia para enseñar.