El párrafo me resulta inexplicable, conocidas sus aficiones dantescas y por las mismas citas, justísimas, que lo preceden.

El prudente rey de Itaca aparece entre los fraudulentos peores, pues el canto XXVI del Infierno, está dedicado a los grandes compañeros Ulises y Diomedes, allí reducidos no sólo por sus fraudes, sino por haberlos hecho cometer a otros; en el mismo canto se narra el último viaje y la muerte de Ulises.


Hacia poco más de la mitad del canto XVI del Infierno, el altísimo sabio y su duque comienzan a acercarse al reino espantoso de los fraudulentos de toda especie, al que los transporta el monstruoso vigilante de la entrada. El bello episodio de la cuerda que ceñía el talle del poeta, inicia el descenso al pavoroso círculo octavo, de los verdaderos fraudulentos, pero ya, poco antes, en los últimos fosos del círculo séptimo, se aperciben los usureros, perseguidos por la implacable lluvia de fuego.

El canto XVIII, describe las dos primeras fosas del círculo octavo, donde los seductores de mujeres, por cuenta ajena (rufianes) y por cuenta propia, marchan en sentidos contrarios, perseguidos por multitud de diablos, y donde los aduladores—también mísera especie de indignos—están sumergidos en repugnante estiércol, como fuera repugnante el vicio que en vida padecieron. Allí se ven el maldito hermano de Ghisolabella, el seductor de Isífile y Medea, la desdichada Taide.

En la tercer fosa del círculo octavo (canto XIX) pone Dante a los numerosos simoníacos de sus tiempos, que están cabeza abajo, con los pies ardiendo y aun las piernas; allí están el pérfido papa Nicolás III, Clemente V y todos los demás desdeñados por el poeta.

En la cuarta fosa (canto XX), los adivinos tienen la cabeza dada vuelta y caminan retrocediendo. Allí aparecen el gigante Anfiarco, prudentísimo varón, a quien Esquilo en sus “siete sobre Tebas” pone frente a la puerta Homoloidea, donde adivina su propia desdicha; Tiresias, el adivino de la misma ciudad de Cadmo; Aronta, que vaticinó el triunfo de César; la hija de Tiresias, que asentó donde debía fundarse la ciudad patria de Virgilio; Euripilo y muchos más.

La quinta fosa, de cola hirviente, encierra a los intrigantes (canto XXI y XXII) y la sexta a los hipócritas (canto XXIII), donde Caifás, que aconsejara la crucifixión, marcha oprimido por una dorada capa de plomo.

Y siguen los tipos de falsarios. A los ladrones se llega en la fosa séptima (canto XXIV) donde están mordidos por serpientes y quedan reducidos a cenizas, de las que renacen a su forma primitiva pasando por la de serpientes. Entre las multitudes se divisa al que hubo de apoderarse del trono de San Jacobo; en el canto XXV Caco y cinco ladrones florentinos sufren el castigo de su bajo delito en la tierra.

Y así llegamos al famoso canto XXVI, donde hemos de encontrar a Ulises y Diómedes entre los consejeros fraudulentos de que se ocupa también el canto XXVII.