Sirvan los pensamientos de este discurso para que profesores y alumnos pongan su mejor voluntad en comenzar y continuar las labores del año con el mejor empeño en el estudio y la mejor cordialidad en el trato.
Me complace declarar que esta cordialidad ha sido como un signo o carácter particular de esta Universidad. La generalidad de los profesores pusieron siempre noble y generoso empeño en servir sus cátedras del mejor modo posible. El ejercicio continuado de la docencia ha formado en ellas ese caudal de experiencia que no se improvisa ni se adquiere fuera del ejercicio de la cátedra. Alguna que otra excepción que habría que hacer con sentimiento en días recientes, sirven para confirmar que las direcciones de la enseñanza universitaria no son indiferentes al deber de vigilancia o al ejercicio de su autoridad cuando el caso ocurra.
Las aptitudes que se adquieren en la experiencia no pueden ser suplidas por ningún otro origen, aunque tenga por medida la vocación o disposición natural para enseñar. Se debe tolerar en cierta medida de equidad cualquiera falla de menor cuantía, cuando se sabe lo difícil que es llenar la vacante de una cátedra.
No sé por qué destino personal he tenido desde hace más de veinte años, por razón de mis cargos universitarios, la grave responsabilidad de elegir candidatos para el profesorado superior. Las vacilaciones, diría mejor las tribulaciones de mi espíritu, las han tenido cuantos han pasado por semejante situación. No se puede ser profesor porque sí, porque se reciba un nombramiento o porque se tenga un título profesional. De esto puede resultar un profesor, pero no hay relación entre el título o nombramiento y la aptitud para enseñar.
Sirvan estas palabras para dar un consejo amistoso a los jóvenes que tan repetidamente me dan pruebas de confianza consultándome sobre intereses generales de la enseñanza o sobre sus casos particulares. Piensen y admitan la posibilidad de ser llamados algún día a la cátedra; de ser llamados aunque no aspiren a ella, o de ser aspirantes aunque hoy no tengan estímulos ni sientan vocación que podrá despertarse en lo sucesivo. Al asistir a cada clase aprendan dos cosas, a saber: la concerniente a la materia particular de la enseñanza y la que corresponde al modo o método de enseñar. Aprendan lo correspondiente a la rama de las matemáticas, de las ciencias sociales o de las ciencias naturales, de que tratan sus profesores, y aprendan a la vez, por el ejemplo que tienen a la vista, de qué manera se enseña. Tienen ellos una medida o patrón de crítica que les servirá para evitar, cuando a ellos les toque enseñar, los defectos que crean advertir como alumnos. Piensen en hacerlo mejor cuando les llegue el turno de profesor.
Advierto que mis palabras en lo que estoy diciendo son superfluas. Tengo repetidos testimonios de ser los alumnos de esta Universidad disciplinados en el estudio, amantes de la institución y dispuestos a honrarla dentro y fuera de la casa. A propósito, y antes que el año que ha pasado se aleje en la corriente del tiempo, que se lleva todos los recuerdos, detenga en este lugar el de la grata impresión que produjo en mi espíritu la opinión que dejaron de sí mismos y de la Universidad los jóvenes delegados al Congreso Universitario de Córdoba, el año anterior. Recogí, entonces, de fuente sincera y de testigos inmediatos, la seguridad de que los delegados de la Universidad de la Plata se habían conducido con tal seriedad y circunspección, que se hizo notable en la opinión de aquella ciudad y se esparció luego fuera de ella. Al regreso de la delegación, tuve el placer de escuchar el relato de los asuntos tratados por ellos y confirmar personalmente la buena opinión que habían conquistado. Pensé entonces que por mucho que tal circunspección fuese inspirada por condiciones de temperamento personal, algún influjo tenía en ellas la colectividad de estudiantes y alguna en esta última la dirección docente de facultades e institutos y la obra perseverante de mi antecesor en fundar el porvenir de la Universidad sobre la base de los buenos sentimientos recíprocos entre profesores y alumnos. Puede comprenderse cuánta será mi propia felicidad si llego a comprobar que no se ha destruído ni disipado en mis manos el tesoro de simpatías acumuladas en la Universidad que tengo tanto honor en presidir. Espero que en ellas mismas se encuentre la mayor felicidad para cuantos comiencen hoy un año más en el trabajo de enseñar y de aprender.
Y así esperaremos con serenidad y de frente los peligros que amenazan al mundo y los que más de cerca nos aflijan.
Quedan abiertos los cursos de 1919.
17 Marzo 1919.