Su propósito no es, como se vé, simplemente descriptivo; si observa terrenos y colecciona fósiles, persigue fines ideológicos más elevados. Tiene, ciertamente, a los veinte y dos años preocupaciones que merecen el nombre de filosóficas. Reaparecen ellas en La Antigüedad del Hombre en el Plata (1880), verdadero resumen de todos sus escritos precedentes, y persisten en La Edad de la piedra y en el Homenaje a la memoria de Darwin, verdaderos eslabones que articulan su pensamiento juvenil con las ideas científicas de su vida entera.
II.—El transformismo y la paleontología filosófica
El ciclo de su obra viril se inicia con Filogenia (1884), obra que por su método y orientaciones pertenece al género de la llamada paleontología filosófica.
Después de Goethe, Oken y Buffon,—los precursores,—el transformismo fué enunciado, con firmeza creciente, por Lamarck, Saint-Hilaire y Darwin. Las obras de este último, concordantes con las expuestas por Lyell en otros dominios, revolucionaron la zoología; a poco, mientras Haeckel y Huxley le aportaban comprobaciones valiosas, cundió entre los paleontólogos el transformismo y primaron en el estudio de los fósiles los trabajos de reconstrucción filogenética. Neumayr delineó la de los invertebrados, Cope la de los vertebrados; ambos introdujeron en la paleontología el transformismo, más darwinista en el primero y más lamarckiano en el segundo. Al mismo tiempo daba a luz Gaudry sus leidísimos volúmenes sobre “los encadenamientos del mundo animal”, coronados más tarde por su “ensayo de paleontología filosófica”.
Durante la estancia de Ameghino en Europa (1878-1881) esa orientación filosófica de la paleontología estaba en pleno auge; refléjase ella ampliamente en Filogenia (1884), obra que tiene, junto a sus muchos méritos, los apresuramientos propios de esa época, que justificaron la prudente voz de alarma lanzada por Zittel.
El prólogo de Filogenia, en su parte final, es de un optimismo fervoroso. Ameghino se propone restaurar el árbol filogenético para dar la demostración irrefutable del transformismo; confiado en su juventud, sólo pide tiempo para ello. Declara que una empresa de tal magnitud y responsabilidad científica no puede esperarse de hombres que tienen ya una reputación hecha y temen arriesgarse a comprometerla; las obras revolucionarias están reservadas a los jóvenes. “Reconozco la necesidad imperiosa de proceder cuanto antes a bosquejar este ensayo de clasificación genealógica, y voy a acometer la empresa sin disimularme las dificultades que para ello tendré que vencer, los deberes que me impone, los sinsabores que quizá me reserva y la acerba crítica con que sin duda será acogido por todos los que no tienen fe en el porvenir y en las innovaciones, y ven detrás de cada revolución un caos, sin reflexionar que después del fuerte rugir del trueno y de la obscuridad que momentáneamente produce el encapotado cielo, la bóveda celeste se muestra más límpida y azul, y el sol aparece más brillante y más hermoso”.
Filogenia es un simple punto de partida, la fijación del método para llegar al fin; así lo expresa el subtítulo: “principios de clasificación transformista basados sobre leyes naturales y proporciones matemáticas”.
Nunca olvidó Ameghino esa orientación filosófica inicial. Pasó los más de sus años siguientes en clasificar las cuatro grandes faunas paleontológicas de las formaciones pampeana, paranaense, hermosense y patagónica, determinando a la vez sus condiciones geológicas; pero de tiempo en tiempo volvió a lanzar una mirada sinóptica a su obra, conexionándola con sus propios orígenes y proyectándola sobre el porvenir[34]. Ya en plena madurez, acicateado por algunos descubrimientos, renacieron en él con nuevos bríos las inclinaciones antropogenéticas que había revelado en el capítulo final de Filogenia. Ocupó sus últimos años en perfeccionar la serie de los ascendientes del hombre, problema de la mayor trascendencia filosófica. Sostuvo, como Darwin y todos los darwinistas, que los antecesores del hombre no deben buscarse entre los actuales monos antropomorfos, sino entre los monos ya extinguidos que dieron origen a ambas ramas; pero a todos los excedió en el empeño que puso en acabar una demostración tan inútil. No la necesita ya ningún transformista; nunca parecería suficiente a quien desee creer en el origen sobrenatural del hombre y en la invariabilidad de las especies.
III.—“Mi credo;” los cuatro Infinitos; la vida y la muerte
En 1899 publicó Ameghino tres artículos sobre Los Infinitos: espacio, materia y movimiento[35]. Sus conceptos fundamentales reaparecieron en la conferencia Mi Credo, pronunciada el 4 de agosto de 1906, en la Sociedad Científica Argentina; en este conocido trabajo renovó su adhesión a los principios del naturalismo filosófico, cuyas hipótesis más corrientes expuso en forma sencilla y con visible originalidad en ciertos detalles.