“No había de montarse la prensa por pesada, ni adiestrádose el personal de cajistas e impresores, para echar a volar mil hojas sueltas en una hora.

“Un jefe de Estado Mayor preside la operación del tiraje. Al principio, la tripulación de aquel barquichuelo se encoge de hombros y se ríe del propósito de hacer milagros con tan exigüos medios: una escobilla para entintar la forma, que está negra y muda sobre un banco, a guisa de yunque donde el Vulcano de nuestro siglo, ha de descargar sus repetidos martillazos, hasta que entrando en calor el metal, tome la forma que el arte, la ciencia y la voluntad humana le imprima. Esta es la prensa.

“¡Atención! manda el sañudo jefe, vamos a imprimir una carta a los vecinos del Rosario prometiéndoles la victoria de Caseros. (Una concurrencia de pueblo, inmensa, toda la platita labrada del Rosario que cabía dentro de una sala en 1852, se había reunido para felicitarnos y desearnos feliz y gloriosa campaña contra el tirano).

“¡Atención! ¡Numerarse por la derecha! 1, 2, 3, 4, 5, 6. Número uno, pone tinta a la forma con el entintador a guisa de tapón; núm. 2, pone la hoja de papel; núm. 3, impone encima la frasquetita de papel; núm. 4, golpea con la escobilla hasta que se impriman las letras del otro lado; núm. 5, levanta la frasqueta; núm. 6, retira la hoja impresa y luego, el núm. 1, entinta la forma; núm. 2, pone el papel; núm. 3, impone la frasqueta, etc. Da capo. El que retira el papel va a leer lo impreso, para ver si está bien. ¡Alto ahí!, grita el jefe que manda la maniobra. Ese movimiento no está en la táctica de imprimir al vuelo, se pierde tiempo, se para la rueda. Al fin y tirados los ejemplares, se van apartando los malos.

“La operación sigue, los artilleros se adiestran a cargar aquel formidable obús, una página impresa que tantas murallas, torreones y barreras ha hecho caer; y que, como el otro día me mostrasen en la estupenda fábrica de cerveza de Mr. Biecker, un obrero que hace catorce años está llenando botellas de cerveza, y sus manos corren de una a otra como se ven las alas del picaflor agitarse hasta desaparecer, yo me decía, sin sorprenderme, patarata ¡si hubieran visto imprimir en el Rosario mil hojas de una carta impresa, al aire libre, rodeados seis obreros inteligentes, de una forma, haciendo volar hojas y más hojas!...

“Este es el origen de la imprenta en el Rosario, y aquella escena su más claro timbre de gloria. ¿Conservará alguien algún ejemplar de aquella carta a los ciudadanos? Sería un buen pergamino que ostentase ese diario de ud. para demostrar que es Fijodalgo, y no un cualquiera, sino de muy noble alcurnia, lanzado a la calle, a la de Dios que es buena.

“Ahora, el Rosario es la primera ciudad de la República Argentina, por el número de sus habitantes y su asombroso movimiento, sus muelles, su red de ferrocarriles, de circunvalación y subterráneos, pues Buenos Aires es la capital, y no entra en las ciudades de provincias. La Plata, ha ya destronado a Córdoba. El Rosario es el Chicago del Río de la Plata, al que los ascensores colosales envían torrentes de trigo y lino que van a desembarcar a Inglaterra, pues los granos se embarcan a sí mismos cayendo dentro de las bodegas de los vapores que los trasportan.”

Pero el Rosario, es además, la boca y los oídos por donde entran los alimentos y los espíritus y los rumores de la civilización. El Rosario es la capital del pueblo argentino transformándose de raza, de instintos, de ideas, y es allí donde debe estar, para el servicio de los pueblos nuevos, aquel banco, a guisa de yunque, para amartillar ideas, que unos pocos vecinos vieron funcionar en 1852:—la imprenta. Sea ese diario de ud. el yunque. La barra de hierro agrio, frío, duro, que tenemos por delante es la nacionalización de residentes, y esos residentes están en el Rosario, en la Esperanza, en cien colonias, felices y afincados, sin haber declarádose propietarios orgullosos de la patria que han conquistado con el sudor de su frente, para legar a sus hijos con la República libre, y no para mandar de regalo a algún príncipe pseudo de allende los mares.

Le he descrito la manera de imprimir boletines en seis tiempos, y dejar atrás las prensas a vapor. Tomo de “Viajes por Europa, Africa y América”, la receta que me enseñó un gran maestro, y he aplicado con grande e infalible éxito a enfermos que los médicos habían declarado incurables; oiga usted:

“En Barcelona encontréme con Juan Tompson, uno de esos pobres emigrados argentinos que en cada punto de la tierra se encuentran en mayor o menor número, como aquellos griegos de Constantinopla cuando los Hunos se apoderaron de ella. El Facundo había caído en manos de Merimée, el académico francés, que estaba allí; la Revista de Ambos Mundos acababa de hacer su complaciente Compte-rendu del librote, y heme aquí, que sabiendo mi llegada a Barcelona, M. Lesseps, el célebre cónsul general que se había ilustrado al resplandor de los bombardeos de aquella ciudad, andaba a caza del bicho raro que tan raro libro había escrito.