—Estoy muy atareado para poder encargarme de los asuntos de los demás.... Sin embargo, basta que vengan con este joven, al que aprecio, para que me decida a hacer algo por ustedes.... ¿Dice usted, niña, que son ocho mil reales? Bueno; pues compraremos Cubas: es el mejor papel. Ahora están a noventa y ocho, pero no tardarán en subir, se lo aseguro a ustedes. Compraremos Cubas.... Yo no afirmo nada, soy como todos y puedo equivocarme; pero tal vez... tal vez dentro de un año doblaremos el capitalito. Sí señor; puede que lo doblemos.
Y hablaba sonriendo maliciosamente, golpeándose las manos con expresión satisfecha, como si le bastara un simple guiño para que las dos mil pesetas se multiplicaran en millones.
Una corriente de entusiasmo parecía envolver a los tres visitantes. La fiebre de ganancia que les dominaba por las noches al hablar de negocios volvía a reaparecer. Ahora, Tónica ya no encontraba tan insignificante a don Ramón y hasta creía ver en él cierta aureola de hombre de genio.
El papel de estraza que contenía las privaciones y esperanzas de las dos mujeres quedó sobre la mesa. Allí estaban los ocho mil reales. Podía hacer don Ramón lo que quisiera. Ellas confiaban en él como si fuese su padre.
—Bueno; compraré Cubas. El pollo pasará por aquí cuando guste, para que le entere de la marcha del capitalito.
Y don Ramón les acompañó hasta la mampara, cobijando con mirada amorosa de padre a sus tres clientes. El dinero quedaba a su espalda, sin recibo, sin garantía alguna, resguardado por el espíritu de confianza inquebrantable que circuía la respetable personalidad del banquero caritativo.
Al salir los tres, asomaba un nuevo cliente, un hombre de chaqueta y gorra, industrial, que había abandonado un instante su taller para alcanzar una palabra del ídolo.
—Vamos para arriba—dijo el banquero alegremente, sin dejarle terminar su saludo—. Su capitalito ha aumentado en un cincuenta por ciento. Tiene usted ya treinta mil pesetas.
El hombre, pálido de emoción, se contenía para no arrojarse al cuello de don Ramón y comérselo a besos.
—¡Gracias, muchas gracias! Es usted mi padre. Y para no estorbar al grande hombre, huyó, trémulo por la noticia, pensando en sus hijos y en lo que diría su mujer.