¡Vaya con el señor de Cuadros! ¡Quién iba a imaginarse una cosa así...! Todos los hombres son lo mismo. No hay que fiarse de ellos, y más si han sido tranquilos en su juventud, pues ya es sabido que «el que no la hace a la entrada la hace a la salida». Lo mismo le había ocurrido a ella con el doctor. Se casó, creyendo que un hombre grave, que tan enamorado se mostraba, no podía serle infiel; y sin embargo, ya tenía ella que contar de los últimos años de matrimonio.

—Ni Santa Rita de Casia, amiga Teresa, sufrió tanto como yo con aquel hombre endemoniado. En fin, usted ya lo sabe.... Pero cuente usted. A lo que estamos, que lo mío ya pasó y a nadie interesa.

Y doña Manuela, como persona inteligente en el asunto, escuchaba la relación de la pobre Teresa, que balbuceaba y tenía que hacer esfuerzos para no llorar. Por la mañana lo había descubierto todo. Bien es verdad que ya recelaba algo, en vista del despego con que la trataba su Antonio. Pero ¿quién podía imaginarse que aquel hombre se atreviera a tanto? Ella le creía ocupado únicamente en ganar dinero para su casa; y aquella mañana, al limpiar una de sus chaquetas, había encontrado en el bolsillo interior una carta que le costó gran trabajo leer, porque ella no estaba fuerte en estas cosas.

—¿Y de quién era?—preguntó la viuda con curiosidad ansiosa.

—De una tal Clarita. Pero ¡qué carta, doña Manuela! ¡Qué cosas tan indecentes había en ella! Parece imposible que hombres honrados y con hijos puedan leer tales porquerías.

Y la pobre mujer ruborizábase, mostrando en su cara nacida y lustrosa de monja enclaustrada la misma expresión de vergüenza que si fuese ella la autora de la carta.

—Pero ¿quién es esa Clarita? ¡Valiente apunte será la tal...!

—Aguarde usted; apenas me enteré de todo sentí ganas de irme a la cama, donde todavía estaba Antonio, para arañarle.... No se ría usted, doña Manuela; hubiera querido ser hombre, para hacer una barbaridad.... ¡Pero una vale tan poco...! Además, cuando se es honrada y se quiere al marido, se le tiene respeto y no se atreve una a ciertas cosas. Antonio sabe mucho y es capaz de hacerme ver que lo blanco es negro.

Y la buena Teresa, a pesar de su encono, sentíase dominada por la admiración que profesaba a su marido, aquel modelo, «aunque le estuviera mal el decirlo».

—Pero ¿qué hizo usted?