Y Juanito, que hasta entonces había permanecido silencioso, contemplando a su madre con la misma expresión de arrobamiento que si fuese un amante, se apresuró a cumplir su deseo, y casi la arrebató el ajado billete que había sacado del limosnero, corriendo después al mostrador.
—¡Cómo la quiere a usted ese chico, Manuela!—dijo el comerciante.
—No puedo quejarme de los hijos. Juanito es muy bueno.... Pero ¿y Rafael? Cada vez estoy más orgullosa de él.... ¡Qué guapo!
—Es el vivo retrato de su padre, el segundo marido de usted.
Estas palabras de Teresa debieron halagar mucho a la señora, pues correspondió a ellas con una sonrisa.
—Pero oiga usted, Manuela: tengo entendido que Rafael le da muchos disgustos.
—Algo hay de eso; pero... ¿qué quiere usted, Antonio? Cosas de la edad. A la juventud hay que dejarla divertirse. Por eso es tan elegante y tiene buenas relaciones.
—Pero no estudia ni hace nada de provecho—dijo el comerciante, con la inflexibilidad de un hombre dedicado al trabajo.
—Ya estudiará; talento le sobra para ser sabio. Su padre fue un tronera y vea usted adonde llegó.
Y doña Manuela dijo esto con el mismo énfasis que si fuese la viuda de un hombre eminentísimo.