La cosa había ocurrido al anochecer. Primero la noticia circuló tímidamente por la Bolsa, pero poco después la sabía toda la ciudad. El célebre banquero don Ramón Morte había desaparecido, produciendo la consternación en centenares de familias. Unos decían que era un farsante que había huido para comerse en el extranjero los millones robados a sus clientes con la hipócrita comedia de su sencillez y su filantropía; otros aseguraban que era un desgraciado, un iluso, que, enloquecido por anteriores triunfos, se había empeñado en sostenerse a la baja, perdiendo su capital y el de sus admiradores, para huir al fin, pobre y avergonzado, sin que su deshonra le valiera nada. Lo cierto era que desde el anochecer, toda una procesión de clientes, anonadados unos y amenazantes otros, entraban en las oficinas del banquero, no encontrando otra cosa que las mesas abandonadas y algunos empleados quejumbrosos y todavía no convencidos de la ruina de su principal.

Juanito quedó clavado en el suelo por el asombro, con los ojos desmesuradamente abiertos, mirando a un lado y a otro, sin ver nada. Los demás seguían cabizbajos, oyendo por centésima vez la relación del señor Cuadros, que parecía enloquecido por la ruina.

—¡Sí, hijo mío! Yo también he estado allí. Aquello es una desolación. Estamos a fin de mes y hay que pagar en seguida. ¡Oh, ese hombre! ¡Ese pillo! ¡Da lástima ver tanto desesperado, tantos padres de familia dispuestos a matarse o a matar a ese granuja si le pillan! El muy ladrón debió saber antes que nadie lo de la baja, y... ¡échale un galgo! ¡Dios sabe dónde estará ahora!

Juanito fue a preguntar algo, con la timidez del que espera una terrible noticia, pero su principal siguió hablando.

—¿Y yo, Juanito mío? ¿Cómo me quedo yo...? Arruinado para siempre, perdido, y lo que es peor, deshonrado. No tengo la cabeza para cuentas, pero he calculado a la ligera lo que debo a los corredores, y ni con la tienda ni con mis fincas tendré para pagar la mitad. ¿Qué hago, Dios mío, qué hago...? Para comer tendré que pedir a algún compañero que me admita de dependiente; y esto, a la vejez, es para pegarse un tiro.

Y Cuadros tenía los ojos vidriosos, faltándole poco para romper a llorar. No era su próxima degradación lo que más lamentaba, sino la pérdida de los placeres con que le había tentado la riqueza improvisada.

—Pero ¿y yo?—dijo por fin Juanito—. ¿En qué situación quedo?

—¿Tú...? ¡Pareces tonto! La ruina es igual para todos. Únicamente tienes sobre mí la inmensa ventaja de ser joven y carecer de mujer e hijos.... ¡Ay, quién estuviera en tu piel!

—Pero yo—dijo el joven con la tenacidad del que se agarra a una esperanza—, yo no sólo jugaba a la Bolsa. Don Ramón tenía en su poder más de tres mil duros míos en títulos del Estado. ¿Qué se han hecho?

Cuadros lanzó una carcajada, que, en fuerza de querer ser irónica, resultaba espeluznante.