Todo estaba bien. Visanteta a la cocina, a dar a la comida el último punto, y ella al salón, a mimar al hombre temible y preparar el golpe para después de la sobremesa.

El piano seguía sonando; pero ahora, de la romanza sentimental se había saltado a la ópera.

Come una damicella
mi trovare più bella....

Al entrar en el salón vio a Juanito contemplando al tío, y éste con la vista fija en el techo, contando sin duda las flores doradas que tenía el papel, como hombre que se aburre y busca desesperadamente la distracción.

—Vaya, niñas, basta de cosas tristes. Cantadle al tío algo alegre.

Don Juan hizo un gesto como indicando que le era igual y no valía la pena molestarse.

—Pero mamá—dijo Amparo—, si esto que cantaba es el Aria de las joyas. Muy bonita....

—Pues fuera el aria. Canta algo más alegre. Eso de El dúo de la Africana, que gustó tanto en casa de «las magistradas».

—Bueno—exclamó Concha con rudeza—. Ahora El dúo. Una cosa que están cansados de tocar todos los organillos.

—Pues sí señora, eso. Tu tío no va al teatro, y tendrá gusto en oírlo.