Y estas palabras las subrayó el viejo con el acento y la mirada burlona que fijaba en su hermana.

—Juan, toda la vida serás un miserable. ¿De qué te sirve guardar tanto dinero...? ¿Vas a llevarlo al otro mundo?

—¿Yo...? Pienso retardar todo lo posible ese viaje, y tiempo me queda para malgastar antes los cuatro cuartos que guardo.... No quiero que nadie se ría de mí después de muerto.

Doña Manuela púsose seria, más que por lo que decía su hermano, por lo que adivinaba en su mirada. Tal vez por esto don Juan cambió de conversación.

—Di, Manuela, ¿y Juanito?

—En la tienda. Si tengo tiempo entraré a verle.

—Dile que venga mañana. Aunque sea un grandullón, no quiero privarme del gusto de darle el aguinaldo como cuando era un chicuelo.

El viejo, al decir esto, ya no mostraba la sonrisa irónica y parecía hablar con sinceridad.

—También irán a verte las niñas y Rafael.

—Que vengan—contestó don Juan, en quien reapareció la mortificante sonrisa—. Les daré una peseta de aguinaldos; lo único que se puede permitir un tío pobre.