—Yo me muero de ésta, Juanito mío; estas cosas no son para mí. ¡Ay, Dios! ¡Cuánto cuesta criar a los hijos y sostener el rango de una familia! Tú, hijo mío, sólo tú puedes sacar a tu madre de apuros.... ¡Tres mil duros...! ¿Sabes lo que es eso? Pues los tres mil duros he de tener a punto para el día siguiente de las Pascuas. Me han amenazado; me han llamado tramposa porque no puedo pagar... ¡tramposa! ¡a una señora como yo...! No puedo sufrir tanta vergüenza. Y si mis hijos me abandonan, me moriré, sí señor... presiento que estos disgustos me van a quitar la vida.
Juanito, a pesar de que estaba en guardia para librarse de los halagos de su mamá, y se proponía no adquirir compromisos, sintió en su interior algo que se sublevaba, subiendo hasta su rostro como una ola caliente.... ¡Tramposa su madre! No estaba mal aplicado el calificativo; pero el cariño ciego, que le hacía adorar a su madre, rebelábase ante tal ofensa; le conmovía hasta el punto de que sus ojazos tranquilos y bondadosos se velasen con lagrimones de ira.
Con movimientos de cabeza asentía a todas las afirmaciones de su madre. Sí; era preciso arreglar aquello; el honor de la familia no podía quedar a voluntad de cuatro usureros, que, merced a ciertos papelotes firmados por doña Manuela con tanta irreflexión como frescura, exigían quince mil pesetas por un préstamo de once mil. Había que pagar; pero... ¿y el dinero? ¿dónde encontrar el dinero?
Y la viuda, al llegar a esta conclusión, le miraba fijamente, dándole a entender que en él estaba la solución.
—Hay que buscar el dinero, mamá. Podía usted hablar coa doña Clara, esa amiga que, según dice el tío, es la arregladora de todos estos enredos.
—¡Doña Clara...! ¡valiente apunte! Hijo mío, tú, como eres tan buenazo, no conoces a las personas. Esa doña Clara es una tal, que sólo va donde puede sacar, y vuelve las espaldas a una persona decente al verla en un apuro. Nuestra situación es muy mala, rematadamente mala.
Y en los oídos del joven agolpáronse en tropel las vergonzosas confidencias, hechas en voz baja, temblorosa, no por el remordimiento, sino por la humillación que suponía confesar la situación de la casa, aun a su propio hijo. Las fincas todas hipotecadas, y si las vendía, no llegaría su importe a la mitad de las deudas. Su firma en un sinnúmero de pagarés, y tan desacreditada, que a su mismo portero le prestarían un duro los usureros mejor que a ella. Vencimientos ineludibles que había que satisfacer, so pena que la familia se desacreditara... y nada con que pagar, absolutamente nada; la carencia más completa de medios para salvar la situación.
Las necesidades de la casa lo arrebataban todo. Ella había acudido ya a los procedimientos más penosos para su dignidad. Si ahora fuese la temporada de ópera, ni ella ni sus hijas podrían lucir las joyas que enorgullecían y admiraban al pobre Juanito. Estaban en una casa de préstamos. Y la vajilla de plata, que daba al comedor un aire tan señorial, los grandes candelabros del salón, no habían salido de casa para blanquearlos el platero; donde estaban era naciendo compañía a las joyas. Todo por unos cuantos miles de reales, que se habían escurrido como agua en aquella criba de deudas y gastos, de infinitos agujeros.
—Esto te lo digo, Juanito, porque eres el más formal de la casa y necesito tus consejos. Pero ¡por Dios! ni una palabra a las niñas; que no sepan las pobrecitas la situación. Se sentirían humilladas, y no quiero que mis hijas se consideren inferiores a sus amigas.
Lo que menos preocupaba a Juanito era lo que pudiesen pensar sus hermanas. Sus instintos de comerciante honrado, amigo de la regularidad, sublevábanse al pensar en un medio tan vergonzoso de adquirir dinero. Para él, las casas de préstamos eran antros horribles, guaridas de latrocinio; acudir a ellas era contaminarse, perder la propia dignidad.